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Nuestra República ha colapsado, no tenemos una Cámara de Diputados que represente al pueblo, lo que hay es una mayoría parlamentaria relativa con un par de partidos satélites que, conjuntamente, forman una mayoría absoluta, que ciegamente cumple con los caprichos y necedades que les dicta el presidente de la República.

No hay espacios deliberativos en nuestra Cámara de Diputados, lo que existe son descalificaciones, denostaciones e insultos, sin razones y mentiras, con tal de cumplir con la voluntad del Soberano. Perdón, se supone que no tenemos un Soberano, sino un presidente de la República que, junto con el poder legislativo y el judicial, gobiernan a nuestro país, pero, al menos, el Poder Legislativo cumple ciegamente las órdenes de lo que dispone el presidente, exceptuado cuando se trata de reformas constitucionales, en donde el presidente ejerce su presión utilizando el enorme poder con el que cuenta para investigar, encontrar colas que pisar y para cooptar usando o amenazas u ofreciendo todo tipo de prebendas y oportunidades.

Así tenemos un presupuesto enfocado a los caprichos del presidente, Tren Maya, Dos Bocas y Santa Lucía, así como para mantener a flote a PEMEX y apoyar a la CFE, que con este gobierno opera con pérdidas por la irresponsabilidad negligente de su director, Bartlett, todo ello, aumentando exponencialmente la deuda pública nacional, engañando a la gente de que no hay nueva deuda pública, situación que nos llevará al desfiladero económico en el fin del sexenio.

Tenemos una República enferma en donde el grupo que obtuvo una mayoría relativa en el Congreso no entiende lo que representa una república democrática, lo que entiende es que existe un hombre fuerte que decide todo lo que tiene que ver con el poder, que determina quién va o no va en las candidaturas de su partido, quien es amo de horca cuchillo y decide quien permanece con poder, quien se va a su casa y quien pierde, inclusive, su libertad.

Como resultado de lo anterior, hay un abandono a la tan delicada transición democrática en la que nos hemos embarcado, con una oposición que ha traicionado también a sus militancias, a menos en el PAN, en donde camarillas cerradas dominan las decisiones de los partidos cuyo fin principal se ha reducido a mantener a esas camarillas disfrutando de los fondos públicos que reciben y de las migajas de poder que deja el gobierno y su partido borrego.

No podemos esperar más del presupuesto de egresos aprobado por esa mayoría mecánica, más que tirar grandes cantidades de dinero a proyectos que no hacen más que aportar efímeramente recursos a segmentos geográficos del territorio nacional, abandonados tradicionalmente, en proyectos improductivos, en detrimento de la salud, la educación, obras y servicios públicos y apoyos para la economía productiva.

¿Qué podemos hacer? Podemos involucrarnos en presionar efectivamente a nuestros legisladores a que si siguen actuando como lo han hecho habrá consecuencias sociales y políticas. Las sociales pueden ser la protesta y repudio a los legisladores borregos de Morena, en sus propias comunidades locales, en donde viven sus hijos y familias, en donde realizan su vida cotidiana, con amigos y colegas de profesión o gremio.

Los consecuencias políticas son el no reelegirlos, no acompañarlos en apoyar su carrera hacia la obtención de puestos públicos.

Si ejercemos presión para tener elecciones primarias en donde le demos poder al ciudadano, partidista y no partidista, para elegir a los candidatos de su preferencia en el partido que elijan, podremos lograr romper con esas personas que quieren destruir a nuestra democracia erigiendo a un soberano.