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elcristalazo.com

No importa cuál sea el resultado final de estas elecciones.

Su periodo de organización, promoción; propaganda partidaria, oferta pública de promesas de campaña y todo lo relacionado, viene contaminado de origen.

Y para colmo, la intervención presidencial en el acarreo subliminal de voluntades favorables a Morena cada mañana —es decir a sí mismo—, así como la selección forzosa y criminal de la delincuencia en las campañas, hacen de todo esto un cochinero sin remedio.

Si a eso se agregan las reiteradas embestidas desde el Palacio Nacional en contra del instituto electoral y la crisis de credibilidad de un tribunal, atrapado en el zarzal de sus burócratas en pugna, el resultado es un potaje tóxico.

Tendremos elecciones en medio de una sociedad pacífica, organizada y atenta; con plena gobernabilidad dice el señor presidente, sin especificar las amenazas a la gobernanza y sin haber asistido al velorio de ninguno de los asesinados en el decurso de este proceso.

La política, dicen los cursis y mentirosos, ya dejó de ser un asunto sólo de políticos para volverse tema de ciudadanos. Eso es falso. Sigue siendo un asunto de profesionales del poder, porque eso son (o a eso aspiran) los partidos políticos y sus dirigentes; las asociaciones nacionales, los organismos empresariales y ahora hasta las Fuerzas Armadas, no importa con cuanta vehemencia lo nieguen.

No se puede hablar de inapetencia cuando se sirven las bandejas del banquete en las mesas de almirantes y generales.

Pero la elección, cuyo mayor lugar común es calificarla —con presunción sin límites—, como la más grande en la historia, como si en toda la vida hubiéramos tenido el mismo número de electores de hoy, forzados a inscribirse en el padrón electoral por la sustitución de un documento de identidad por una credencial para votar (no por madurez cívica), no demuestran ni pluralidad ciudadana ni progreso político.

Todo cuanto de ello pudo haber surgido de las reformas políticas de 1997 para esta fecha, pero ha sido pervertido por el clientelismo y su infructuosa democratización. La administración pública dejó de ser un tema esencial, en su lugar opera la caridad gubernamental.

La proliferación de tarjetas para canjearlas por beneficios crematísticos (raquíticos y todo, pero dirigidos a los miserables), es una prueba de la política del soborno ciudadano. La coima antes de la urna.

Los llamados programas sociales prostituyen a los ciudadanos: la conciencia a cambio de la dádiva. Pero al parecer todos los tratados de ciencia política en la historia universal pueden ser sustituidos por una frase muy mexicana: ¿de a cómo? Según el sapo es la pedrada; ¿según el voto es la vacuna?

Si en los tiempos pasados, cuando no existían instituciones electorales (este gobierno quiere comprimirlas o al menos controlarlas), se hablaba de países bananeros, con golpes de estado espadones en lugar de elecciones ordenadas, ahora hablamos de “democracias bananeras”.

Perú, en estos mismos días, en los cuales los electores se debaten entre el populismo más montaraz posible y el retorno del fujimorismo encarcelado; Brasil con un presidente procesado por razones políticas y por motivos de la misma índole pero de signo opuesto, devuelto a la liza electoral; Argentina cuya presidencia es una sucursal del pasado kirchneriano y otros más en los cuales se prueba una cosa: la evolución de los métodos importados de la democracia representativa, nos lleva al mismo punto de partida de cuando estos procedimientos no eran tan admitidos universalmente ni tan frecuentes.

México decidirá el domingo si refuerza las tendencias al cacicazgo, el caudillosmo fuerte, el mesianismo providecial, tan socorridas a lo largo de nuestra historia, o revierte —en favor no se sabe de qué, porque la oposición no tiene posición, salvo llevar la contra—, esa preferencia por alguien cuyo comercio es una tienda humo en cuya puerta el cliente recibe un regalo a la entrada a cambio de admitir el vacío.

El gobierno actual se parece un poco a un viejo cuento de los Estados Unidos, cuando los izquierdistas atacaban al sistema por la guerra de Vietnam, cuya derrota no se decidió en los arrozales del Mekong, sino en las protestas callejeras y las páginas de los diarios:

“Los Estados Unidos ganan la guerra en las películas y la pierden en los noticiarios…”

Así sucede en este caso: el gobierno de la tetramorfosis (con todo cuanto ello signifique en su megalomaníaca enunciación) es un fiasco en las páginas de los diarios, en la pluma de los humoristas (salvo los correligionarios de siempre), la opinión de la “inteligencia nacional”, y en las ediciones de la prensa extranjera, ya sea la izquierda ilustrada de Francia y sus columnas en Le Monde o los especialistas de The Economist.

A partir de este domingo, cuando las cataratas de la protesta revienten las represas de los tribunales, en lo local y lo nacional; cuando las instituciones sean señaladas y acusadas por uno o por otro resultados, comenzaremos a cortar la fruta del platanal y veremos si es posible llevar adelante una elección —ya teñida de rojo y de imprudencia publicitaria desde las desmesuras del Palacio— con un mínimo de decoro, una pizca de estatura y hasta un dejo de elegancia republicana.

O todo se convetirá en la cena de negros de nuestra subdesarrollada realidad.

Nada de sguir creyendo en ésta como la más importante jornada electoral de nuestra historia. Es la más grande, la más concurrente, pero no la más trascendente. Seguiremos siendo los mismos.