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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

El castigo electoral a Trump y la humillación a MAGA deja una pregunta abierta: ¿propiciará la vuelta a cierta normalidad o endurecerá la guerra política el resto de su mandato? Para México, el panorama es incierto ante un presidente cercado en la Casa Blanca. También está por verse si la heterogéneo “ola” demócrata, dividida entre recuperar el centro o correrse a la izquierda, podrá responder a la oposición del electorado a los centros de datos, demanda de energía y poder de gigantes tecnológicos; y articular una agenda coherente para disputar el debate público.  “Aún soy el presidente”, desafía Trump para recodar sus amplias facultades en política exterior, poder de veto legislativo y las órdenes ejecutivas con que gobernó saltando al Congreso los últimos 21 meses.

Pero el cerco interno podría llevarlo a refugiarse en la política exterior para buscar los triunfos que necesita hacia la presidencial de 2028. Por eso, los límites del intervencionismo siguen siendo una incógnita y, por tanto, el riesgo de que la derrota lo haga más peligroso fuera de EU. La incertidumbre afecta especialmente a México, uno de los principales objetivos de su política exterior, que justifica con el discurso de la seguridad nacional y sus planes de imponer su hegemonía en el hemisferio occidental; junto con Cuba y Venezuela.

Las advertencias de una ofensiva contra la narcopolítica o de un acuerdo sobre el T-MEC como carta electoral quedaron en especulaciones. Nada apunta, sin embargo, a una menor presión bilateral: las cartas diplomáticas, filtraciones y mensajes mantienen en alerta a la clase política mexicana. Antes de los resultados, Andy López Beltrán, bajo la mira tras el retiro de su visa, negó vínculos con el empresario Amílcar Olán y el huachicol fiscal. Su declaración pareció anticiparse a posibles revelaciones o más estrujamientos.

¿Continuarán los ataques? Durante la campaña, Trump afirmó que “las cartas nos favorecen” en la negociación del T-MEC, aunque él mismo frenó un acuerdo. La relación con México y Canadá seguirá marcada por la incertidumbre, más allá del resultado electoral. La cuestión es qué margen tendrá para imponer sus prioridades y qué contrapesos reales encontrarán en Washington sus políticas de seguridad, antiinmigrante y proteccionista. Pero poco cambiarán los aranceles y tampoco la idea de redefinir el T-MEC. ¿Qué cambiaría para México con un Congreso demócrata? Primero, mayor vigilancia de la agenda interna mexicana: los vínculos entre política y crimen, corrupción y justicia. Trump puede relegar esos asuntos si obtiene ventajas transaccionales en comercio, fentanilo y migración. Para Morena, la atención del Capitolio podría añadir presión, aun si el republicano mantiene una relación pragmática con Sheinbaum. Ambos partidos comparten visión sobre el riesgo de los cárteles y la penetración institucional para su seguridad nacional en la frontera.

Y, lo segundo, el debilitamiento político de Trump. La derrota republicana en ambas cámaras lo convierten en un “pato cojo” con menor capacidad legislativa y más exposición a investigaciones parlamentarias. Para superar un veto presidencial se necesitan dos tercios de ambas cámaras, que los demócratas no alcanzan.

Un Congreso demócrata reforzará los contrapesos a la Casa Blanca, pero su impacto sobre México es menos previsible. La relación bilateral también depende de las prioridades de seguridad que comparten con los republicanos y del margen de Trump para mantener su proteccionismo. No obstante, esa política sí pudiera verse frenada por el castigo de los votantes rurales decepcionados de aranceles y la inconformidad con la inflación. El cambio más inmediato podría ser mayor supervisión del Ejecutivo. Los demócratas han anunciado investigaciones de corrupción sobre negocios de la familia Trump, el caso Epstein y las operaciones del ICE. Una mayoría en el Congreso le permitirá abrir pesquisas y llamar a funcionarios a comparecer. Pero la normalidad no volverá sólo por el cambio de mayorías. Trump conserva la capacidad de tensar la relación con sus vecinos y usar el comercio, migración y seguridad como arma arrojadiza. Para México, su derrota puede reducir márgenes de arbitrariedad, pero no despejar la incertidumbre. El desafío seguirá siendo lidiar con un presidente que hace de la amenaza e imprevisibilidad una forma de gobernar y sembrar caos en el mundo, y le quedan dos años.