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* La administración de Trump ha reducido el perfil del diálogo político
El estatus del futuro del TLCAN es incierto y, en consecuencia, el principal riesgo externo para el país. La renegociación avanza, pero sin conocimiento seguro, mucho menos claro, de lograrse un nuevo pacto. El diálogo político también ha perdido oxígeno por el aire que inhala la Reforma Fiscal en Estados Unidos, que desplaza las prioridades y también supondría un enorme desafío para la economía mexicana. Quizá hasta mayor. Las partes ya parecen asumir que el desenlace esperará hasta 2018, cuando estará llamado a convertirse en un elector que prefigure el resultado de la competencia en los comicios presidenciales en México.
La renegociación contaminará el proceso electoral en los dos países, aunque en México puede resultar un factor determinante en el resultado electoral. La suerte del acuerdo se definirá cuando haya ya candidatos y en vísperas de las campañas hacia marzo de 2018, pero una mala negociación o su cancelación jugarán contra el discurso de la continuidad que defenderá el PRI para retener la Presidencia. El TLC ha sido el marco de la liberación económica y comercial de los gobiernos panistas y priistas de las transformaciones de los últimos 20 años, pero hoy el modelo enfrenta una crisis sin precedentes por el ascenso del proteccionismo y el populismo en Estados Unidos. Lo que no se logre concretar este año atará cada vez más la negociación al ganador en las urnas porque, aun cuando el proceso concluyera en marzo, el Congreso de EU difícilmente podría aprobarlo antes de 2019.
Por ello, el gobierno del presidente Peña Nieto empujaba desde un principio alcanzar un acuerdo a finales de este año, pero ni siquiera el argumento sobre los riesgos o las dificultades que abriría un cambio en el poder presidencial en México ha servido para agilizar el proceso. Por el contrario, la administración de Trump ha reducido el perfil del diálogo político para llegar a un entendimiento, al tiempo que persiste en el discurso de la amenaza y no obstante la flexibilización de su contraparte mexicana con la cláusula sunset y la revisión del déficit comercial. Pero la interlocución política, ya sin representantes de alto nivel, ha decaído en la quinta ronda, que se celebró esta semana, como otra muestra de la estrategia de Trump de dejar la conclusión de la negociación después de la aprobación de la Reforma Fiscal y conservar un espacio de influencia en la elección presidencial en México.
Por su parte, Morena confía en que, de ganar en 2018, no tendrá mayor dificultad de negociar con Trump, ya que es un magnate pragmático que puede pactar con políticos de cualquier signo si conviene a sus intereses, como prueba la relación con Putin y la trama rusa en la campaña electoral estadunidense. Por eso, en varios momentos López Obrador ha pedido dejar la negociación del acuerdo comercial hasta que se renueve la Presidencia y la negociación la encabece un gobierno con mayor fuerza que el que concluye Peña Nieto. La incertidumbre sobre el futuro del TLC favorece la percepción sobre la necesidad de un liderazgo fuerte para librar las últimas batallas contra Trump y enfrentar los cambios en el comercio mundial con el auge de posiciones proteccionistas que no había cuando se firmó el tratado en 1994.
El aplazamiento de la negociación hasta la campaña obligará a los candidatos de todos los partidos a pronunciarse sobre el TLC y, en su caso, responder por la pérdida de una de las anclas de la estabilidad económica de las pasadas dos décadas. El peor de los escenarios es que se imponga la intención de Washington de dejarlo atrás y sustituirlo por acuerdos bilaterales, porque ello debilitaría la principal garantía para las inversiones en un país con débil Estado de derecho y lo dejaría en una posición más vulnerable para aceptar las nuevas reglas de la relación con Estados Unidos. ¿Quién ganaría en México con ese escenario?