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El balón comenzó a rodar desde hace tiempo.
Y ahora llega a México rebotando en una cancha desigual donde la gobernabilidad está a prueba, la polarización política crece, la relación con Estados Unidos atraviesa momentos de tensión por la narcopolítica y la disputa por el poder rumbo a 2027 y 2030 ya se asoma detrás de cada movimiento de los actores políticos.
Por eso, a unas horas de que suene el silbatazo inaugural de la Copa del Mundo 2026, hay que lanzar este trompo a la cancha: los mundiales no se tratan solamente de fútbol.
El 31 de mayo de 1970 – a 20 meses de la matanza de Tlatelolco-, México inauguró la primera Copa del Mundo celebrada en su territorio que se transmitió a todo color y a todo el mundo. Se vivía el final del llamado Milagro Mexicano que era resultado de un modelo económico que se desplegó durante los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.
Con su mascota humana Juanito, un niño sonriente con sombrero de charro, México buscó proyectar al mundo estabilidad, hospitalidad y progreso en medio de tensiones sociales y represión latente.
En 1986 el balón mundialista volvió por segunda ocasión a tierras aztecas bajo el gobierno de Miguel de la Madrid. Nuestro país era golpeado por una severa crisis económica, atravesaba la llamada Década Perdida y trataba de sacudirse los escombros del terremoto de 1985.
Pero aun así, en el polvoriento deportivo Hermanos Galeana la gente de los barrios de la zona norte del entonces Distrito Federal se reunió alrededor de una pantalla gigante para sentirse parte de una fiesta colectiva y popular que no necesitó de colores ni pintas partidistas.
Se usó como mascota a un chile jalapeño con sombrero llamado Pique para proyectar una imagen de alegría y como un respiro emocional en medio de la crisis.
Hoy, en 2026, el Mundial llega por tercera ocasión a un México distinto, marcado por la polarización política, por el debate sobre la inseguridad provocada por el crimen organizado, por las tensiones con Washington y una constante disputa por el poder.
El Mundial llega a un histórico Estadio Azteca – Banorte o Ciudad de México- masivamente resguardado por la fuerza pública ante la amenaza de al menos ocho manifestaciones previstas para el día de la inauguración.
Pero lo que más ha preocupado es la amenaza de boicot de la CNTE que reclama al gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo el cumplimiento de compromisos y promesas formuladas durante la campaña presidencial.
En su demanda que se derogue la Ley del ISSSTE de 2007 como ofreció la actual Jefa del Ejecutivo federal, la CNTE se ha posicionado en al menos 17 calles del Centro Histórico al no lograr “plantarse” en el Zócalo capitalino por estar amurallado.
Ahí, en la Plaza de la Constitución se realizará el FIFA Fan Festival y se transmitirá la ceremonia inaugural desde el Azteca, pero la presencia de la presidenta en el Zócalo –tras decidir no acudir al estadio- permanece en duda.
En ese contexto, el balón mundialista llega a una cancha mexicana donde viejos y nuevos conflictos nacionales y locales siguen sin resolverse. Problemas que no pueden ocultarse con una mano de pintura color lila o morado.
Y entonces surge una preguntar inevitable: ¿Qué México verá el mundo cuando empiece a rodar el balón?
Porque los mundiales no muestran el país que un gobierno quiere enseñar. Terminan mostrando el país que realmente es.
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