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Número cero/ EXCELSIOR

La reforma eléctrica de López Obrador pone el último clavo al ataúd del modelo energético de los gobiernos anteriores. La iniciativa es su última ofensiva para retomar el control estatal del mercado eléctrico con una parcial renacionalización que entierre el periodo “neoliberal”. Al Presidente le hace falta un acto definitivo que imponga su emblema del discurso reivindicatorio de grandes gestas de la soberanía nacional y sirva de mensaje de que ni los tribunales ni las urnas detendrán su aspiración de entrar al cuadro de la historia.

Por eso la propuesta de reforma constitucional tiene un alto contenido político y simbólico para su proyecto, más que preocupación por la eficiencia económica, el impacto medio ambiental o el reclamo de los empresarios de una expropiación de facto.

Como dijo estos días al enviarla al Congreso, lo que más le preocupa es su dimensión histórica y para hacerla medible requiere poner debajo de la tierra “la pesadilla” neoliberal con fecha de defunción y no sólo declaración de saliva que lo da por concluido. La resistencia de empresas privadas, que hasta ahora logran frenarla en los tribunales, ven aires de venganza, pero eso dice poco a la mayoría que cree en la promesa de que el costo de la electricidad bajará si se pone orden al mercado abierto y límite al abuso de la competencia.

En las exequias del “neoliberalismo”, sin embargo, aún hay obstáculos en el Congreso y en el T-MEC por la cancelación de permisos y contratos de compraventa de electricidad, así como la inquietud ya expresada del gobierno de Biden por la política energética de su socio comercial.

El “rescate” de la industria eléctrica es columna vertebral del proyecto político de López Obrador, ahora por encima del petróleo, que ha venido tejiendo con gestos menores hasta una narración de gran escala. No se ha cansado de repetir que el país era visto como tierra de conquista y expolio para explicar el precio de la luz, al mismo tiempo que las empresas recibían subsidios. Los particulares no han podido desmarcarse de la defensa de privilegios con cientos de amparos con que detuvieron en Tribunales la Ley de la industria eléctrica aprobada en el Senado en marzo, mientras él dice que el “neoliberalismo” fue el responsable de empobrecer al pueblo.

El Presidente va por el último golpe. Frente a la resistencia, sube el listón a una reforma que la haga definitiva. La condición sine qua non para saltar el reto en el Congreso es sumar al PRI para alcanzar una mayoría absoluta que le negaron las urnas el 6 de junio y demostraron que su popularidad es insuficiente para blindar el proyecto. Las banderas del nacionalismo histórico acercan a los priistas a una reforma que será definitiva para su futuro como partido. Por un lado, los empuja a romper con la tecnocracia que los dominó tres décadas y, de otro, a romper la alianza opositora con el PAN y el PRD. Como partido vertical y disciplinado con el poder presidencial, el PRI puede darle los votos que perdió en las urnas, aunque provoque una hemorragia que termine no sólo con el “neoliberalismo” en su interior, sino también como oposición.

Ante este escenario, las empresas y adversarios a la iniciativa vuelven la mirada a EU con la esperanza de que ponga un hasta aquí a las políticas nacionalistas. Muchos han querido ver en las quejas de cámaras de comercio estadunidenses o en la apuesta de Biden por las energías limpias las señales de alarma para que intervenga. El lobo no ha aparecido hasta ahora, aunque es previsible que proteja a sus empresas que resulten afectadas por la reforma, pero sin poner en riesgo la relación con el país más “cercano”, como reconoció Biden en un video por los 200 años de la Independencia. Y es que éste es el punto: para el gobierno de la 4T la reforma es la reafirmación de la Independencia, aunque ello suponga dejar varadas las inversiones en el sector el resto del sexenio por cambiar las reglas del juego o tener que volver a la carga más tarde, cuando las empresas suban precios para absorber el aumento de la luz. Pero, ¿qué es la eficacia económica frente a una gesta histórica que cada día será más difícil de amarrar en el viaje hacia el ocaso del sexenio?