a crisis sanitaria por la pandemia del Covid-19, hace más de 30 días, borró del paisaje de las calles de la Ciudad de México a cientos de miles de vendedores ambulantes. Desde entonces les prohíben vender. Dicen vivir una situación desesperada: la miseria los atenaza y el hambre los empieza a engullir.
Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) sobre economía informal en México indican que, en 2015 por esta actividad, de cada 100 pesos generados de Producto Interno Bruto (PIB) casi 24 son producto de los trabajadores informales. El 33.6 por ciento del trabajo informal es el comercio, principalmente en vía pública.
A este hecho se suma la proyección del subgobernador del Banco de México, Gerardo Esquivel, quien afirmó que en unos días más la pérdida de empleos formales se elevará a 700 mil.
En la Ciudad de México se calcula que hay un millón 300 mil personas dedicadas al ambulantaje. En ese universo callejero hay adultos mayores, personas con males cardiacos, obesos, diabéticos, hipertensos —los más vulnerables para infectarse de COVID-19—, pero no existe un censo de salud de este gremio.
Recorrer las calles de la Ciudad de México en estos días de la fase 3 de la emergencia sanitaria es transitar por una ciudad irreconocible. Donde se apiñaban tendidos de lonas y plásticos de colores en interminables rompecabezas amorfos, ahora yacen esqueletos metálicos que reservan un lugar sobre las banquetas.
Excélsior obtuvo testimonios de personas que llevan años en las calles vendiendo café y pan, birria de res, tacos de bistec, artesanías, ropa, chocolates y repartiendo volantes para llevar clientes a ópticas en la calle de Madero, en el centro de la Ciudad de México.
Hay quienes ya están racionando la comida. Otros compran lo básico para comer. El que puede vender algo en estos tiempos de fases 3 obtiene 50 pesos en un día. Alguno pide ayuda del gobierno. Otros ven una crisis dura. Hay quien está dispuesto a aguantar lo más que pueda. También está quien ya no aguanta más la prohibición para trabajar y quiere salir a las calles. Y quien advierte que la extrema pobreza crecerá en México.
“Hacemos rendir dinero”
Évelin Cuevas Nieves es vende ropa desde hace 10 años. Pero en realidad lo ha hecho toda su vida, antes de independizarse les ayudaba a sus padres en el mismo negocio.
La joven suspira cuando tiene que decir cómo la ha pasado en estas semanas sin poder instalar su puesto en Cuajimalpa. “Siempre se tiene como un chipotito, vamos invirtiendo y de ahí sale para los gastos, pero ahorita se está complicando, no estamos generando y los gastos siguen, y principalmente lo de la comida, estamos racionando, haciendo rendir el dinero. Es difícil, comemos diario”.
Cuevas Nieves explicó que para racionar la comida entre ella y su pareja “buscamos buenos precios en el alimento, que rindan más, que llenen más, pero no sólo en volumen, en tiempo, lo que compramos que se echa a perder rápido, comer muchas papas y cosas así. Para colmo se nos descompuso el refri”.
Aunque tiene el propósito de vender su mercancía por medio de redes sociales, a Évelin no le entusiasma mucho esa vía, porque dice que ése es otro tipo de trabajo, como tomar las fotos a la ropa, subirlas y sobre todo estar pegada a las redes para saber si a alguien le puede interesar una prenda, cuando lo que más se necesita ahora es dinero para la despensa.
“SE VE DURA LA CRISIS”
Tami Gorostieta Reséndiz y Francisco Gómez Naranjo son promotores de salud visual en la calle de Madero. Es decir, reparten volantes y llevan potenciales clientes a las ópticas de esa calle Madero, por lo cual reciben una comisión económica.
Tami dijo que desde que cerraron la calle de Madero no ha sido fácil. “tuve que ir a buscar otro trabajo, fue en la calle de Motolinía, pero pura comisión; luego me tuve que mover hacia la calla de Tacuba, pero no hay gente. “Nosotros vamos al día, a ver qué sale, pero en realidad no sale nada. Me he estado llevando entre cien y doscientos pesos, pero no todos los días. Todo esto está muy mal y se ve dura la crisis”. Tami es madre soltera, tiene tres hijos.
Gómez Naranjo, por su parte, dijo que en estos días de restricciones “estamos sobreviviendo gracias a la organización Pro Diana, que nos da unas despensas. Con la despensa tenemos para unos días, pero eso se acaba rápido. Ahora sí que si el gobierno nos puede ayudar, porque vamos a aguantar lo más que pueda, pero sin trabajo no se puede hacer nada”.
Guadalupe Vanesa Ramírez Navarro y Araceli acostumbran vender una tacos de bistec y la otra de birria de res en la calle de Madero.
Guadalupe se queja de que el gobierno las sacó de trabajar, “pero no tenemos su apoyo. Y no sabemos cómo le vamos a hacer sin dinero”. La vendedora de tacos de bistec dijo que en este mes no ha tenido trabajo, que no hace nada y “me estoy gastado mis pocos ahorros y la poca despensa que tenía”.
Araceli, que lleva 15 años cocinando y vendiendo birria en la misma calle dice que: “La verdad es que la estoy pasando muy mal; nosotros vamos al día. Y de un día para el otro nos pararon y no tenemos dinero para pasarla. La única ventaja es que Diana nos dejó una despensa, pero ya no aguantamos, ya queremos salir a vender; la verdad es que no tenemos dinero para llevarla, necesitamos que nos apoye con algo, porque ya no aguantamos. Vamos reduciendo la comida, tratando que nos alcance, hay que estar bien de salud, que es lo que importa, que no nos enfermemos”.
“COMPRAMOS LO MUY, MUY BÁSICO”
El giro de David Rico Rocha es el de las artesanías. Aunque vende pulseras, collares con piedras y otro tipo de dijes, su fuerte son las piezas de plata que él elabora en su diminuto taller dentro del pedacito por el cual paga 2 mil 500 pesos al año en las calles de Cuajimalpa.
Como ahora no puede poner su puesto, opto por hacerse publicidad de boca en boca y a través de las redes sociales, que para él funcionan medianamente.
“Ha bajado el ingreso, porque a lo que me dedico es necesario que el potencial comprador lo vea, porque muchas veces la clientela no sabe lo que quiere y ahí es donde uno la tiene que convencer, explicarle que le puede convenir de acuerdo a sus necesidades”.
“DÉJENNOS TRABAJAR”
Abel vende bolsitas de chocolates sobre el Eje Central, entre Venustiano Carranza y Fray Servando Teresa de Mier. Pero desde las restricciones no ha podido vender, porque los operativos policiacos son severos y él es de los que no pueden quedarse en casa, porque su esposa tiene una discapacidad y viven al día.
“Somos personas que vamos al día, no podemos decir nos quedamos en casa, mi mujer depende de lo que hagamos nosotros, trabajo con mi hijo, me ayuda a cuidar. Ahorita todavía tengo algo de mercancía guardada, pero tengo miedo de que me la quiten, porque, además de quedarme sin dinero, está difícil encontrar mercancía; la compro a granel y dependiendo como esté; ahorita hay que conseguir mercancía de manera casi clandestina y me da más caro, ellos tampoco pueden trabajar y les llega poca mercancía”.
Abel se queja de que “no está saliendo (el dinero); vivimos aquí por La Lagunilla y en estos días la mejor venta que hemos tenido es de cien pesos; eso hace que ya no comamos como hace un mes. Lo que pedimos es que nos dejen trabajar”.
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