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elcristalazo.com

En un prólogo del célebre ensayo sobre la cacería y la gtauromaquia, se cuenta una anécdota de José Ortega y Gasset (Editorial Sudamericana, me parece) quien estaba redactando ese texto, cuando alguien llegó de visita y con aburrida cortesía le preguntó sobre el tema de su afanosa escritura.

–¿Algo importante?, le preguntó impertinente en abierta confusión entre importancia y urgencia.

Ortega y Gasset le respondió: de lo más importante que se puede ecribir… de toros.

Yo no sé si la fiesta (agotada hace ya mucho tiempo y de cuyo paso por la historia sólo quedan recuerdos y algunas migajas en la arena), sea o no sea importante. Si lo fue –en algún tiempo y en muy pocos lugares del mundo–, eso ya ocurrió hace demasiados años. Hoy no queda nada. O casi nada.

Si ya era anacrónica en los principios del siglo XX, en esta época no es una expresión alegórica de nada: cuando mucho es un rumbo de arqueología.

Y en eso pensaba cuando me informaron de la muerte de Pepe Garfias, un ganadero de bravo cuya familia –en Querétaro y San Luis Potosí–, le dio lustre y prestigio a la fiesta mexicana, gracias a una crianza cuidadosa y responsable.

Los diarios han dado a conocer escuetamente la noticia de su deceso y han sacado los archivos para recordar los mejores toros de su dehesa; aquellos cuya bravura le permitió a un puñado de matadores salir de la plaza con las orejas y los rabos en las manos, especialmemnte de aquel “Valeroso” lidiado genialmente por José Miguel Arroyo “Joselito”, en una de las más bellas faenas en la historia de la Plaza México.

Pero para mi el toro más importante de su divisa fue “Navegante”, cuyo celo y sentido, por poco mandan a José Tomás al otro mundo. El torero de Galapagar remató con impostura y con la velocidad del relámpago “Navegante” le despedazó una pierna en menos de dos segundos. Tomás vive de milagro.

–Pepe, le dije a Garfias al día siguiente, debes estar orgulloso de tu toro. Diplomáticamente me dijo un simple, “Tomás se equivocó”.

Ese toro ha sido materia de letras. Carlos Loret de Mola.