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En las urnas se apoyó un nuevo modelo de gobierno. Hay disciplina fiscal en el modelo de AMLO
NÚMERO CERO/ EXCELSIOR
Desde Palacio Nacional, López Obrador anunció la abolición del modelo neoliberal como real decreto que casi inapelable acabará con esa política de “pillaje, antipopular y entreguista”. Una resolución que se pone al margen de un memorial u oficio por el jefe competente. La construcción de un muro fronterizo que no requiere disposición legislativa y que el mandatario puede dictar en el caso extraordinario y urgente de dejar en otro vecindario a los gobiernos panistas y priistas de los últimos 36 años.
Acorde con su estilo, otra vez anotar marginalmente de manera sucinta el curso o la respuesta que se ha de dar a un cambio de dimensiones tales que —como al mismo tiempo acepta— exceden el horizonte de un sexenio. Palabras graves con la vocación de borrar de un plumazo los males de la República sin matiz para entender el concepto, aunque muy general para que quepan todos los sexenios de la historia moderna. El dictado que llegó para deslindarse de la tecnocracia, mientras reafirma los contratos a las petroleras de la Reforma Energética y sin asomo de reversa a las privatizaciones.
La resolución simplificada sabe a esos tecnócratas desplazados del poder a “carne para la tribuna”, pero, sobre todo, expresan dudas sobre la economía del bienestar del “nuevo modelo” que no acaba de nacer, porque el “fin de la pesadilla” no hace corresponsable a nadie. Por ejemplo, defienden que Progresa, su programa más importante de desarrollo social en varios sexenios, entregaba recursos de manera directa a 6.6 millones de familias, tal como ofrece el nuevo modelo para evitar la corrupción. Una diferencia es que las becas Benito Juárez con que se sustituirá no exigirá comprobar el uso de recursos y se administrará con un nuevo padrón del gobierno.
Hacia el posneoliberalismo López Obrador ofrece una nueva “economía para el bienestar”, que en el caso de los programas sociales descansa en eliminar intermediarios institucionales y la bancarización para impedir el “pillaje” o el descuento de programas a los usuarios. Tendrá que enfrentar el reto de que su canalización a través de la banca no desemboque en préstamos al consumo, en vez de salud o alimentación. Será una decisión liberal del beneficiario. ¿Hay un cambio de modelo?
Las urnas apoyaron mayoritariamente las promesas del “nuevo modelo”, como un gobierno honesto y sin corrupción, austeridad, políticas antipobreza o que el mercado no sustituya al Estado. Pero esos objetivos no alcanzan para su alumbramiento, incluso cuando el dogma neoliberal sucumbe desde la crisis financiera mundial de 2008 y aún nadie tiene una alternativa más allá del neonacionalismo y proteccionismo comercial internacional.
A pesar de sus críticos, lo cierto es que la política económica de AMLO preserva la disciplina fiscal de los gobiernos neoliberales, incluso con más cuidado que el endeudamiento que dejó su antecesor Peña Nieto. Tampoco hay una oposición a la política de apertura comercial y la firma del T-mec con Canadá y EU, en contraste con las reticencias en los congresos de esos países por temas medioambientales y laborales.
Hay en el acta de defunción del neoliberalismo la necesidad legítima de superar un modelo desgastado, pero, sobre todo, porque ya nadie cree que garantiza crecimiento, menos igualdad. López Obrador parece apostar por repartir recursos incluso con un crecimiento bajo, pero lo que, verdaderamente, lo diferenciaría de los gobiernos “neoliberales” es crecer.