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elcristalazo.com
La arqueología y la alta tecnología tienen mucho en común: ninguna de las dos nos pertenece en la actualidad.
Una porque se trata de vestigios; la otra, cuando mucho de anhelos.
Ambas –la ciencia y la nostalgia–, nos hablan de tiempos inexistentes en la actualidad. Los vestigios –ruinas, pedacería–, nos quedan demasiado lejos en el pasado y muchas veces –por consagrarlos equivocadamente como únicos símbolos identitarios, bajamos los ojos al hacia un futuro cada vez más distante. Regodeo por lo pretérito (ajeno) y descuido por el futuro (también ajeno)
Mientras muchos países desarrollan estudios de ciencia verdadera (el trapiche no cuenta) o crean institutos tecnológicos, laboratorios científicos, aceleradores de partículas, estaciones espaciales y descubren nuevas fórmulas para aprovechar el planeta y hasta el espacio fuera de la estratósfera, otros miramos culturas muertas: la piedra contra el nano desarrollo.
La mexicanidad no tiene mucha relación con los olmecas, por ejemplo. Tiene más línea descendente del mundo novohispano de los siglos XVI al XIX. Aquella cultura madre (1200 A 400 A.C.) asentada en los litorales del golfo, cumple con el mayor requisito de la maternidad irreprochable: está muerta.
¿Y por qué entonces tanto ropaje de arqueología?
Porque no tenemos nada más. Y lo que creemos tener, es un residuo.
Si para presentarnos ante el mundo sólo ostentamos pirámides, glifos, culturas muertas, lenguas mudas; un presente de intrascendencia y un pasado ajeno (porque quien exalta a los pueblos originarios, habla del origen de ellos; no del nuestro), incurrimos quizá involuntariamente en una idolatría folclórica poco útil en el mundo actual.
Poco les sirve a los griegos de hoy el maravilloso siglo de Pericles y las ruinas del Partenón no son suficientes para salir de una economía miserable y nostálgica. Y lo mismo podemos decir de los egipcios, hundidos Hasta la corva en el limo del subdesarrollo con los ojos turísticos puestos en la pirámide de Keops, la máscara de oro de Tutankamón y una gringa de Michigan sobre el lomo de un camello.
Pero por encima de estas reflexiones (alguien dirá poco nacionalistas cuando pretenden lo contrario; hablar de México no de un país inexistente), veo una bella fotografía tomada durante el breve viaje de la señora presidenta (con A) a Cataluña.
Como todos sabemos, el Centro Nacional de Supercomputación de la Universidad Politécnica de Cataluña desarrolla para el gobierno mexicano una supercomputadora con la cual México alcanzará mejores condiciones de aprovechamiento digital. El futuro sistema tendrá una inversión de 6 mil millones de pesos y se inició en enero de este año.
Se llama “Coatlicue” como la deidad mexicana dual de la vida y la muerte y podrá procesar 14 mil 480 GPUs; realizar 314 mil billones de operaciones por segundo y tendrá una capacidad 7 veces mayor que la más avanzada en América Latina.
Y como Barcelona “es bona si la bolsa sona” la señora estuvo por esas tierras junto al Mediterráneo, para conocer de voz del señor Mateo Valero, director del BSC de la UPC, los avances del inmenso proyecto.
En Cataluña se desarrolla la ciencia, en México se honra a la señora de la falda serpentaria, misteriosa señora de cráneos ensangrentados, enorme monolito enterrado por siglos en el lodo del lago, debajo del actual Zócalo y descubierto en el siglo XVIII.
Una vez más la paradoja se cumple. En la fotografía divulgada por los servicios oficiales se aprecia a un grupo de personas frente a una cabeza olmeca de La Venta (se les llama por los hallazgos en esa zona tabasqueña).
Esta no es de piedra ni es olmeca.
Se trata de una de las muchas réplicas (en fibra de vidrio), repartidas por todas partes para adorno de plazas o jardines como el de la citada institución científica, donada por la Universidad de Veracruz.
Ellos con su tecnológico avanzadísimo y nosotros hundidos en las corruptelas del Instituto Politécnico Nacional. Cada quien su destino.
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