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elcristalazo.com
Cuenta la leyenda de la sabiduría infinita de Harun Al-Rashid (cuyos oídos sintieron “Mil y una Noches” de fantasía y amor), quien como práctica de gobierno y cercanía se disfrazaba con ropajes raídos de mendigo mugriento y se mezclaba con el pueblo para escuchar la voz del pueblo, la voz de Dios.
Si atendía esas opiniones o las ignoraba –como es lo más seguro–, esa ya es otra cosa y de ella no se ocupa el enorme compendió de la imaginación oriental con las historias de la elocuente Scherezada, cuyos textos han llegado hasta nuestros ojos gracias al inmenso trabajo de don Rafael Cansinos Assens, genial arabista y traductor de los cantos y los cuentos. Pero también ese es otro asunto.
Lo interesante ahora es ver cómo la IV-T.2-P ha retomado esa estrategia de consulta desde la cima del poder para una adecuada vigilancia de los precios. No tanto control o corrección, simplemente conocimiento directo.
Por eso (sin rebozo de bolita, ni disfraz de mendicante, pero con canasta básica, supongo), el señor secretario de Hacienda, Edgar Amador ha ido por encargo de su empleadora, la señora presidenta (con A), a recorrer mercados, tianguis y recauderías, almacenes diversos de legumbres, vegetales, frutas, cárnicos y demás productos de primera necesidad, sin ninguna utilidad más allá de la experiencia de preguntar, ¿esto de a cómo marchantita? o escuchar el reclamo verdulero ante el tocamiento de una papaya (sin albur) o la redondez de un fruto (Barba Jacob), para conminarlo a comprar o dejar de “mallugar”.
Como otras tantas cosas de este mundo ignoro dónde se realizaron las pesquisas, investigaciones y comprobación de actividades inflacionarias practicadas por el señor secretario Amador porque no fue tan explícita ayer la señora presidenta (con A) cuando divulgó esa estrategia tan novedosa, pero quizá haya ido al mercado de San Juan (con precios de Tiffany, por cierto) o quizá a la Nave Mayor mercedaria, siquiera para conocer esos populosos rumbos tan alejados de los mullidos tapetes de los bancos y el mundo financiero y tan cerca del Cuadrante de la Soledad o el abandonado ex Convento de la Merced con todo y los fantasmas desnudos de Gerardo (Atl) Murillo y Nahuí Ollin, volando por los pasillos del claustro como gatos espectrales en celo, a gritos con el maullido de frenesí erótico, como hicieron en vida.
Quien sabe, pues, pero lo extraño de estas incursiones del señor secretario es haberle encomendado juna misión tan ajena a sus funciones, porque él maneja la hacienda pública –con sus ingresos y sus egresos; con la deuda nacional y todo eso) pero de ninguna manera tiene relación con los precios ni con la inflación visible o subyacente o los comportamientos de mercaderes abusivos, si los hubiera.
Esas cosas les corresponden a otros.
La inflación es cosa del Banco de México cuyo más reciente tropiezo ha sido jugar al yoyo con las tasas de interés, o sea, el precio del dinero. La señora Gobernadora del Banco (con A, también), Victoria Rodríguez, se tiró una “puntada” genial: recortar en 25 puntos la tasa de interés.
Pero bueno, lo otro, los precios es asunto de la Procuraduría del Consumidor, consumida ahora en la negociación –no consumada–, con los gasolineros y gasolineras (con A), y la amenaza punitiva para aquellos incapaces de cumplir con un pacto de papel, porque esos acuerdos de ponerle tope a los precios de las cosas de ninguna manera funcionan y si lo hicieran el propio gobierno se auto congelaría en materia fiscal, digamos por diez años sin aplicar con la abusiva frecuencia actual, IEPS a cuenta cosa le venga a la cabeza o subir sus tarifas, sus derechos, sus aprovechamientos y contribuciones.
Pero el caso en comento, no deja de tener su gracia en medio de la desgracia, porque imaginar a don Edgar escandalizado por el alza mercantil de una chirimoya sólo deja espacio para la hilaridad.
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