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Para México, el Mundial de Futbol terminó el domingo por la noche. Con el silbatazo final dejaron de escucharse las trompetas, los claxonazos y los desgañitados gritos de ¡Viva México!

Un silencio recorrió la noche fría y lluviosa. Inglaterra nos devolvió a la realidad… y despertamos del sueño que inició el 11 de junio de 2026. Pero de un gran sueño.

La Selección Mexicana rompió con una sequía de 40 años. Desde el Mundial de 1986 no se ganaba un partido de eliminación directa. Con el triunfo ante Ecuador se avanzó al quinto partido, y con ello, se terminó con cuatro décadas de frustración.

Pero esta Copa Mundial, histórica para el futbol mexicano, deja varias lecciones que no son exclusivamente deportivas porque, como escribimos en una entrega pasada, los mundiales no se tratan sólo de futbol.

Se demostró que los mundiales no están diseñados para el pueblo sino para los patrocinadores globales. Y en las calles de México -sede mundialista por tercera ocasión- la gente fue capaz de crear su propio símbolo popular: el Pato Merlín, porque no aceptó la imposición gubernamental de un Ajolote Morado.

Y en esas mismas calles la felicidad y la esperanza colectivas se convirtieron en un bien de la canasta básica de millones de mexicanos. Como si se tratara de una tregua, por unos días se dejó de hablar de la inflación, la escuela, la economía y hasta del precio del jitomate.

Pero la alegría nunca debería terminar en un acta de defunción. El festejo del Ángel dejó cuatro personas muertas y exhibió una falla elemental: cuando la autoridad convoca a festejar, también debe prever cómo proteger esa celebración.

Primero convocó a acudir a las plazas, a los deportivos y a Paseo de la Reforma para ver los juegos de la Selección en pantallas gigantes.

Después el gobierno de la CDMX reconoció que la zona del Ángel de la Independencia – convertido en un altar pagano para la Selección Mexicana- no estaba contemplada en los protocolos de Protección Civil.

Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es quién ganó el partido. La pregunta es quién perdió el control.

Ésa es otra lección que deja el Mundial: cuando la política se apropia de la alegría colectiva, también debería asumir sus consecuencias. Pero casi nunca ocurre así. Mientras la euforia sirve para alimentar la narrativa oficial, se presume; cuando llega la tragedia, aparecen las condolencias, los llamados a la prudencia y la prisa por cambiar de conversación.

Entonces aquí viene no sólo el oportunismo político, sino el trompo que gira chueco, porque cuando la fiesta conviene a la narrativa de “gobierno cercano al pueblo” se relajan todos los controles y aparece el doble discurso.

El balón ya dejó de rodar en México. Los goles quedan para las estadísticas; las lecciones en la memoria. Ahora le toca al trompo seguir girando… porque los mundiales terminan, pero el país continúa.

En X: @castroclemente

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