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Augusto Gómez Villanueva lamenta que el régimen nicaragüense cierre la vía electoral que permitió derrotar a la dictadura somocista

El exembajador de México en Nicaragua sostiene que Daniel Ortega contradijo el compromiso histórico adquirido con su pueblo. México ayudó a proteger la soberanía nicaragüense durante la Guerra Fría y acompañó la construcción de una salida electoral. El sandinismo actual, advierte, pertenece a otra generación y se apartó de las banderas que legitimaron la revolución.

Augusto Gómez Villanueva acaba de cumplir 97 años este 23 de julio, hace apenas cinco días. La edad está a la vista, porque el tiempo no necesita ocultarse para demostrar que ha sido vencido. El cabello blanco, peinado hacia atrás, enmarca un rostro delgado, cubierto por manchas y surcos. Sus ojos conservan atención y curiosidad; la boca, marcada por un bigote fino, se mueve con rapidez cuando una pregunta despierta algún recuerdo.

Viste traje azul de tres piezas, camisa clara y corbata roja. De pie se advierte una inclinación ligera del cuerpo, propia de los años. No necesita exagerar el movimiento para hacerse escuchar. Al sentarse, sus manos delgadas, recorridas por venas y señales de la edad, acompañan la exposición. Abre la palma, junta los dedos, señala un punto sobre la mesa. Las manos parecen ordenar la memoria mientras las palabras buscan el camino.

Habla despacio, aunque su pensamiento rara vez se detiene. Sus respuestas crecen por asociaciones. Una pregunta sobre Nicaragua puede llevarlo a recorrer la Guerra Fría, la política exterior mexicana expresada en el Grupo Contadora y la Revolución Cubana, antes de volver a Daniel Ortega. Conserva una memoria nutrida de nombres, episodios y decisiones gubernamentales. Algunas palabras tardan en aparecer, pero la idea de fondo permanece firme.

Antes de entrar en el tema nicaragüense, surge la pregunta inevitable. ¿Cuál es el secreto para llegar a los 97 años con esa disposición para conversar y reconstruir casi un siglo de historia?

Gómez Villanueva recuerda que Enrique Peña Nieto le había preguntado lo mismo durante un viaje presidencial. La respuesta que ofreció entonces fue la que repitió ante los integrantes del Club de Comunicadores y periodistas de México, AC  (COPAC), en su pasada reunión, a la cual fue invitado como ponente distinguido.

—Hay solamente una razón: mi amor a mi país —dice.

Peña Nieto, según relata, volteó hacia sus acompañantes y les pidió que aprendieran la frase. Gómez Villanueva aclaró que aquella frase no fue una cortesía dirigida al mandatario.

“En realidad no tenía otra forma de responder”, explica. Su amor por México había quedado asociado con la educación recibida, la vida de sus padres, el movimiento ferrocarrilero, la política agraria y los acontecimientos que le correspondió presenciar.

Ese hombre, formado en la cultura cardenista y convertido después en uno de los responsables de la política agraria mexicana, analiza ahora la decisión de Daniel Ortega de cerrar el camino electoral a sus adversarios.

El anuncio fue realizado el pasado domingo 19 de julio de 2026, por la tarde, en la Plaza de la Fe de Managua, durante la conmemoración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista. Ortega declaró que en Nicaragua ya no habría elecciones que permitieran a la oposición disputar el gobierno. También habló de impulsar leyes para impedir que los partidos calificados por el dirigente como “somocistas, golpistas o instrumentos de Estados Unidos” alcanzaran el poder.

La declaración adquiere un significado mayor por la fecha y el escenario elegidos. El movimiento que derrocó a la familia Somoza con la promesa de devolver la soberanía y la democracia a los nicaragüenses utilizó su aniversario para cancelar la competencia política.

Gómez Villanueva considera que Ortega rompió con el compromiso que dio legitimidad histórica a la Revolución Sandinista.

“La actitud del presidente Ortega es de negación respecto al compromiso histórico que tuvo cuando, como revolución, enarboló la bandera de la democracia en contra de la dictadura”, afirma.

Aguascalientes, Cárdenas y la tierra

Gómez Villanueva creció en Aguascalientes dentro de una familia vinculada con los ferrocarriles. Los grandes talleres marcaban la vida económica de la ciudad y sus silbatos organizaban los horarios de los trabajadores. Uno sonaba al amanecer; otros advertían que se acercaba el momento de entrar a laborar.

Aquella comunidad obrera le transmitió una idea del trabajo ligada con la dignidad del gremio. Los trenes habían transportado soldados, armas y alimentos durante la Revolución y los ferrocarrileros se sabían parte de una actividad que había conectado regiones y acompañado el desplazamiento de los ejércitos villistas, carrancistas y obregonistas.

Su educación transcurrió en instituciones impulsadas durante el gobierno de Lázaro Cárdenas para los hijos de trabajadores y campesinos. Los maestros socialistas enseñaban historia, civismo y literatura con una convicción que Gómez Villanueva todavía define como una “mística”.

Los alumnos participaban en los desfiles del 16 de septiembre y del 20 de noviembre, cantaban La Adelita y La Rielera, declamaban poemas patrióticos y representaban escenas revolucionarias con rifles de cartón. Las fechas cívicas interrumpían las clases ordinarias para recordar a Hidalgo, Morelos, los Niños Héroes o los combatientes de la Revolución.

Esa formación explica buena parte de su carrera. Gómez Villanueva dirigió la Confederación Nacional Campesina, encabezó el Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización y fue secretario de la Reforma Agraria durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez. Ocupó la Secretaría General del PRI, fue diputado federal, senador y embajador en Italia y Nicaragua. Su semblanza consigna también su participación en el reparto y restitución de tierras, la defensa de la propiedad social y su actividad legislativa.

Su relación con Echeverría tuvo un peso particular. Como responsable de la política agraria intervino en expropiaciones, regularizaciones y entrega de terrenos destinados a instituciones públicas. Recuerda su participación en los procesos relacionados con Cancún, Bahía de Banderas y Cabo San Lucas, cuyo diseño original buscaba incorporar a ejidatarios y campesinos a los beneficios del desarrollo turístico.

La tierra nunca fue para él un asunto administrativo. Representaba una de las promesas centrales de la Revolución y una herramienta para distribuir poder económico. Esa concepción influye también en su lectura de Nicaragua: “la soberanía merece ser defendida cuando sirve para que un pueblo decida su destino, no cuando se convierte en una muralla contra el derecho ciudadano” —reitera.

Nicaragua bajo la Guerra Fría

Gómez Villanueva sitúa la situación nicaragüense dentro de un ciclo internacional más amplio. Habla del agotamiento de la globalización, del surgimiento de bloques regionales y del peso adquirido por China, Venezuela y Cuba en las relaciones del gobierno de Managua.

La Revolución Sandinista triunfó en plena Guerra Fría. Washington temía que Nicaragua siguiera el camino de Cuba y se convirtiera en un Estado socialista alineado con la Unión Soviética. Esa percepción alimentó el bloqueo, la presión diplomática y el respaldo estadounidense a la Contra.

“La sistemática agresión del gobierno norteamericano hacia Nicaragua generó una reacción solidaria de los países de América Latina”, explica.

En 1983 México, Colombia, Venezuela y Panamá integraron el Grupo Contadora para impedir que la crisis centroamericana desembocara en una intervención militar abierta. Gómez Villanueva participó desde la representación mexicana en aquellos esfuerzos de negociación.

El Grupo surgió para buscar una solución diplomática a los conflictos armados que sacudían Centroamérica. Su propósito fue contener la intervención de las grandes potencias y favorecer que los propios países de la región resolvieran sus diferencias mediante el diálogo y la negociación

El respetable político y diplomático define a Contadora como “un paraguas de protección a la soberanía de Nicaragua”. La iniciativa latinoamericana buscaba contener a los sectores de Washington que defendían una salida armada y, al mismo tiempo, crear condiciones para que los nicaragüenses resolvieran sus conflictos mediante acuerdos y elecciones.

México tuvo, según su testimonio, una participación decisiva. La cooperación política y económica permitió a Nicaragua enfrentar el aislamiento, conservar interlocución internacional y avanzar hacia un proceso electoral que terminó produciendo la alternancia de 1990.

El sandinismo que triunfó en 1979 reunía fuerzas diversas. Había dirigentes revolucionarios, socialdemócratas, empresarios enfrentados con Somoza, intelectuales y sacerdotes vinculados con la teología de la liberación. Compartían el propósito de terminar con la dictadura, aunque sostenían diferencias sobre el modelo económico y la forma de organizar el nuevo Estado.

Gómez Villanueva menciona entre ellos a Sergio Ramírez —“un hombre inteligente, moderado y gran escritor”—, como representante de una corriente cercana a la socialdemocracia y recuerda la presencia de religiosos en la coalición. Esa composición plural impide reducir el sandinismo original al grupo familiar y partidista que actualmente controla el gobierno.

La figura de Augusto César Sandino proporcionó al movimiento una identidad nacionalista. Sandino había combatido la ocupación estadounidense y fue asesinado en 1934 por fuerzas relacionadas con Anastasio Somoza García.

“Nicaragua había sido convertida prácticamente en una colonia norteamericana, y eso acentuó el sentimiento nacionalista”, menciona.

El otro Frente Sandinista

Gómez Villanueva acepta que los sandinistas que gobiernan ahora no son los mismos que formaron la coalición revolucionaria de los años ochenta.

“El Frente Sandinista conserva el nombre, los símbolos y la referencia histórica que permiten a Ortega presentarse como heredero del movimiento que derrotó a Somoza. Su estructura actual mantiene una relación estrecha con el aparato gubernamental; el Frente sigue existiendo y es lo que le da cierta identidad a Ortega en su origen histórico”, señala.

Ortega volvió a la Presidencia en 2007 y desde entonces fue concentrando facultades. Las reformas constitucionales aprobadas en 2025 ampliaron el poder del Ejecutivo, reconocieron a Rosario Murillo como copresidenta y extendieron el periodo presidencial.

Las elecciones de 2021 ocurrieron después del encarcelamiento de candidatos opositores, dirigentes empresariales y activistas. Sin embargo, hoy, la declaración del pasado 19 de julio abandona incluso la apariencia de competencia que había sobrevivido bajo un sistema controlado.

Ortega justificó la medida como una defensa contra los partidos apoyados por Washington. El argumento recupera la amenaza extranjera que acompañó la revolución, pero ahora la utiliza para cancelar los derechos políticos de los propios nicaragüenses.

Gómez Villanueva fue prudente al principio de la conversación. Dijo que conocía por la prensa las declaraciones y consideró que correspondía al pueblo de Nicaragua emitir el juicio definitivo; sin embargo, a medida que transcurrió la charla, después fijó su posición.

“El presidente Ortega incurre en una expresión que lo coloca ante el juicio de muchos de los países que fueron solidarios y amigos en la construcción de la vida democrática de Nicaragua”, afirmó.

Y su crítica adquirió mayor fuerza cuando recordó la colaboración mexicana.

“Tenemos que lamentar que, después de que países como México fuimos solidarios con la Revolución Nicaragüense y contribuimos de manera muy decidida a construir las bases de un gobierno democrático, la decisión del presidente Ortega resulte hoy contradictoria con su compromiso histórico con su pueblo”, declaró.

El elogio del embajador mexicano

Tres días antes del anuncio de Ortega, el embajador de México en Nicaragua, Guillermo Zamora Villa, había enviado una carta de felicitación a Daniel Ortega y Rosario Murillo por el aniversario de la Revolución Sandinista.

El diplomático expresó “cariño y admiración” por el gobierno y afirmó que Nicaragua estaba “muy bien representada” por ambos gobernantes. La carta, fechada el 16 de julio, fue difundida por medios oficiales nicaragüenses.

Le pregunto a Gómez Villanueva sobre la contradicción entre ese reconocimiento del gobierno mexicano y la decisión posterior de Daniel Ortega de cerrar el acceso electoral a la oposición.

Quizá por diplomacia, evita convertir su respuesta en una descalificación personal contra la presidenta Claudia Sheinbaum. Concentra su juicio en Ortega y en la obligación histórica que la Revolución Sandinista adquirió con los ciudadanos.

La solidaridad de México —explica—, estuvo dirigida a defender la soberanía nicaragüense y a construir una vida democrática. El respaldo frente a una intervención extranjera nunca implicó la aceptación de un gobierno sin elecciones.

“Ahora, de pronto, la decisión del presidente Ortega se vuelve contraria a su compromiso histórico con su pueblo”, responde.

La revolución que derrotó a Somoza reclamaba independencia frente a Estados Unidos y democracia frente a una familia que había convertido el Estado en patrimonio particular. Ortega conserva la primera bandera para justificar la cancelación de la segunda.

Gómez Villanueva analiza esa contradicción con los ojos de quien participó en una época en la que México utilizó su diplomacia para impedir una guerra que pudo haberse extendido por toda Centroamérica. Sus manos se mueven mientras habla, abriendo la palma como si todavía trazara sobre la mesa el mapa de la región. La edad ha reducido la velocidad de los movimientos, pero no la claridad de su inconformidad.

Para él, la soberanía de Nicaragua fue defendida para que el pueblo nicaragüense pudiera decidir su propio destino. Empero, es enfático al subrayar que invocarla ahora para impedir que ese mismo pueblo decida quién debe gobernarlo, constituye la negación del movimiento histórico y revolucionario que llevó a Ortega al poder.

(En la segunda parte, Gómez Villanueva aborda el porvenir del PRI, propone una restitución constitucional, plantea la formación de un frente patriótico y advierte sobre el debilitamiento de las instituciones y la penetración del crimen organizado en México.)

Fotos Alberto Carbot y archivo personal de Gómez Villanueva