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¡No señor! De ninguna manera se puede ni se debe justificar la maldad.

Muy sabiamente los abuelos, nuestros mayores decían: “no se confunda la pobreza” y hacían alusión a diferentes actitudes o formas de actuar.

La pobreza no está peleada con la limpieza; tampoco justifica robar o hacer daño a otros. En fin, son una serie de advertencias o señales que nos daban nuestros mayores. Eran las enseñanzas que se recibían en los hogares, por humildes o sencillos que fueran.

Y de eso hogares, salieron buenos seres humanos; trabajadores, respetuosos que supieron asimilar y honrar el “apellido” y a la familia, como bien dirían.

Ayudando a los padres en el campo, en la tiendita familiar, con pocos recursos para sostener a una familia –algunas de ellas, numerosas- salían adelante.

“Hijos buenos, pobres, pero buenos”. Decían orgullosos los padres. Y más orgullosos aún, cuando mostraban algún diploma, certificado o título universitario que lo acreditaba como un profesionista.

El nuevo profesionista, cuando llegaba al hogar, se encontraba con sus raíces y siempre agradecía la oportunidad que el esfuerzo de sus padres y familia significó para él.

Esos y tantos más, son los ejemplos que conocimos en una época que, aunque ya se fue, hay que resaltar, no la historia del que aplica la maldad para hacer fortuna. Maldad que trasciende fronteras, dejando a su paso una estela de lágrimas, dolor y muerte.

Los tiempos han cambiado, dirían algunos, es cierto; aunque creo que los valores son los mismos de ayer, hoy y siempre. Si se han alterado es porque así ha convenido a quienes modifican su forma de actuar e inventan mil razones para actuar como lo hacen.

Nada justifica robar, emplear torturar física, emocional y psicológica en seres inocentes que tienen la desgracia de caer en las redes de las bandas criminales. Para no pocos el delito se ha convertido en su modus vivendi.

La madre de delincuentes pocas veces aparece, lo hace cuando es conducido a una cárcel o cuando es herido. Los hijos siempre serán sus “niños” y clama justicia ante lo que considera un atropello. Justifican el robo o cualquier tipo de delito con un “es que somos pobres”. No los mueve la compasión hacia las víctimas porque han disfrutado de todo aquello que proviene de la maldad de sus hijos; robo, asalto, secuestros, torturas y homicidios.

¿Qué tal cuando son atrapados, juzgados y sentenciados? Entonces sí, claman justicia. ¿Cuándo tuvieron respeto y compasión por sus víctimas?

Cuando alguien se conmueve por la sentencia impuesta a un capo, está olvidando el sufrimiento de cientos, de miles de familias que fueron torturadas por un individuo que hizo su inmensa fortuna lastimando a unas niñez y juventud con la distribución de droga y a una sociedad que ha vivido aterrada por las consecuencias de sus acciones.

Cadena perpetua es insuficiente para quienes tanto daño hizo. “Regalar” alguna escuela o quizás una iglesia, no justifica el daño que causó. Esos edificios fueron construidos con dinero de negocios turbios. Manchado con la sangre de seres inocentes. Vidas que se perdieron en el combate a la delincuencia, en una lucha desigual donde los delincuentes han sido protegidos por los Derechos Humanos mientras nuestros soldados y marinos han resultado humillados, emboscados y en algunos casos, sacrificados, por individuos que ofenden a la sociedad con su presencia.