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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Los partidos que dominaron el mundo de la política no logran salir del estado de shock del voto antipartidocracia de la elección presidencial. La repetición de salidas frustradas y la reedición de añejos conflictos parecen una forma de negación de la debacle electoral que podría extenderse en 2019. También de la ausencia de nuevos liderazgos, renovación y narrativas que oponer a la hegemonía de Morena y la popularidad de López Obrador. La ahora oposición no sólo perdió, se perdió desde el pasado 1 de julio.

El mayor damnificado por el tsunami, el PRI, busca la tabla de salvación de la democracia interna, a la que ya recurrió antes para resolver conflictos de poder a su interior, pero sin que dieran lugar a su democratización y renovación. El PAN, con quien comparte la imagen del statu quo, vivió una renovación de dirigencia dentro de un pacto por la candidatura presidencial de 2024 que no alcanza para revertir sus bajas perspectivas en estados con elección este año. Y el PRD lucha contra su extinción sin remudar al núcleo que lo controla sin energía ni capacidad de transformación.

La oposición, en efecto, no ha tocado fondo, porque, como en las iglesias, cada vez más vacías de fieles, sus sumos sacerdotes entienden la renovación como consumir las hostias antiguas y consagrar otras nuevas, pero sin nuevos liderazgos y con los mismos sermones.

En el último Consejo Político del PRI se impuso la corriente que pedía elecciones abiertas a la militancia para cambiar a la dirigencia, pero sin un padrón depurado, como exigía el INE, para organizarla. Eso no detuvo al grupo de gobernadores del sureste, que apoyan la candidatura del campechano Alejandro Moreno, a pesar del riesgo de descrédito del proceso en esas condiciones en el partido con mayor desprestigio. Ese reparo fue el principal contraargumento de otro grupo que respalda a José Narro y su propuesta de que sólo voten los delegados, donde éste tiene más posibilidades de vencer.

Los pocos experimentos de democracia interna en el PRI no lograron desactivar conflictos internos palaciegos, por más que apelaran a la militancia como coartada de renovación. La interna para elegir candidato en el 2000, entre Francisco Labastida y Roberto Madrazo, dejó un partido confrontado y derivó en su derrota, por primera vez en 80 años; la disputa por la dirigencia en 2002, que elevó a la dupla Madrazo-Gordillo, acabó por llevarlos hasta un lejano tercer lugar, sin la presencia del jefe máximo que, desde la Presidencia, asegure disciplina y evite las rupturas.

Hoy, peor que antes, la vieja práctica de negociar con la desobediencia inhabilita la democracia interna como mecanismo para resolver conflictos por la amenaza de salida de los perdedores. El chantaje es mayor por el achicamiento del poder del PRI, el trasvase de cuadros priistas en los estados a Morena y los buenos ojos de López Obrador para el gobernador de Campeche y operadores políticos como Murat. En vez de buscar un liderazgo que oponer a AMLO, debaten cómo evitar la subordinación a su poder.

La supervivencia del PRI no está garantizada, por ejemplo, podría perder el registro en Baja California. Tampoco para el PAN las perspectivas son halagüeñas, aunque ha sido la oposición más fuerte en el Congreso. Pero va a las elecciones de 2019 ya no sólo con la sombra sobre su capacidad para ejercer el poder, sino ahora sin su poder para atacarlo. De las seis gubernaturas en disputa podría conseguir sólo Aguascalientes, incluso perder Puebla, en los comicios extraordinarios por la muerte de Martha Erika Alonso.

Ambos partidos, junto con el PRD, enfrentan, como la Iglesia católica, una crisis por el encubrimiento de escándalos que han dejado las cuentas llenas de muchos de sus líderes y los asientos vacíos. Y eso no se resuelve sólo consagrando nuevos métodos de elección interna o de pactos cupulares que simulen conferir fama para seguir en el agandalle.