elcristalazo.com
La rusticidad de la educación pública en México es desconsoladora. Como gremio (haciendo las salvedades necesarias en lo individual), el magisterio forma una poderosa fuerza electoral –nada más—y una demandante asamblea de exigencias para fomento del analfabetismo funcional disfrazado de reivindicación social.
No se haya otro país en el mundo (además de Namibia o Nicaragua) donde ni se sepa con precisión quién es responsable de instalar escuelas sin mérito ni ciencia; supuestas facultades sin facultad alguna, universidades al vapor o escuelas superiores al amparo de una ideología de las cuáles (como en la CDMX) no egresa nadie o lo hacen muy pocos con muy pocos conocimientos reales.
Sólo en el subdesarrollo puede haber un gigantesco universo escolar (de todos los grados), en el cual se ignore cuántas escuelas hay y quien imparte ahí imaginarios conocimientos sin certificación alguna. Ya hablar de las escuelas de imitación militar, con marinos de fiesta de disfraces, como ahora se vio en Tamaulipas con el asesinato de una niña, sería ir demasiado lejos.
La incapacidad hasta de las más prestigiosas (o autopromocionadas) instituciones centenarias, como la UNAM, para aplicar un examen de admisión, resulta risible. No tan jocoso a fin de cuentas como haberle pagado cien millones de pesos a una empresa de desarrollo digital para “aggionar” tecnológicamente una institución y verla cómo naufraga en algo tan sencillo, a fin de cuentas.
Pero basta mirar en los demás campos, como la Secretaría de Educación Pública para terminar con el corazón a la altura de los tobillos.
Cuando uno mira la tradición de otras culturas y su actual capacidad en el mundo contemporáneo tiene derecho a preguntar (y comparar) por la tradición educativa y la calidad de los transmisores de los conocimientos. Los maestros.
Este es el ejemplo de China, tomado de Peter Watson:
“Los exámenes denominados Keju, se celebraban cada tres años. La primera ronda tenía lugar al nivel de las prefecturas, o zhou, y estaban abiertos a estudiantes de prácticamente cualquier formación. Por lo general, los estudiantes ser preparaban para las pruebas inscribiéndose en las academias locales, establecimientos privados no muy diferentes de los que actualmente ayudan a preparar las oposiciones a los aspirantes a cargos públicos.
“Los investigadores modernos calculan que entre 20 y 80 mil estudiantes se presentaban a los exámenes; que rara vez los aprobaban más del 10 por ciento de ellos y que de hecho era frecuente que no lo hiciera sino un 1 por cien: las pruebas de calificación les permitían ingresar a las escuelas confucianas del condado o prefectura, lo que garantizaba que los candidatos estuvieran preparados para el siguiente nivel.
“Los exámenes de segundo nivel tenían lugar en la capital imperial (que se había desplazado de Chang’an bajo los Tang, a Kaifeng, bajo los Song) y su organización estaba a cargo del ministerio de ritos… era bastante normal que los estudiantes comenzaran a participar en los exámenes a la edad de 18 años y no los aprobaron hasta haber superado los treinta…”
En esta cita he olvidado algo de suma importancia para comprender los párrafos siguientes y hasta los anteriores: el capítulo se llama “La élite intelectual de China, Lixue y la cultura del pincel”.
La noción de élite –junto con la del esfuerzo y el mérito–, una especie de aristocracia del pensamiento (no del linaje o esas zarandajas), busca una sociedad es conducida por los mejores (no por los más ricos o los más poderosos políticamente), permeó hasta el maoísmo, disfrazada de ordenamiento partidarios.
Dice Mao:
“…Si en una escuela de cien personas no hay un grupo dirigente de varias personas o una docena o más, formado de acuerdo con las circunstancias reales (y no reunido artificialmente) y compuesto de los profesores, empleados y estudiantes más activos, rectos y despiertos, esa escuela ha de marchar mal…”
En la China antigua se hacían exámenes de admisión con plena certeza:
“…Los exámenes se dividían en cuatro secciones, cada una de las cuáles se prolongaba durante todo un día.
“Los candidatos podían escoger sus materias entre clásicos, historia, ritual, leyes y matemáticas. Los cuatro días se distribuían en un par de semanas, y los exámenes se llevaban a cabo en grandes salones públicos y luego en filas de pequeñas celdas para evitar las trampas. Se realizaron esfuerzos extraordinarios para garantizar la imparcialidad del proceso. Se quitaba o tapaba el nombre de los candidatos y se lo reemplazaba con un número de tal forma que los evaluadores no pudieran identificar a ninguno…”
El afán de la certeza llegaba a un punto extremo:
“…En 1015 se creó un departamento de copistas encargado de hacer copias uniformes de todas las respuestas para que los aspirantes no pudieran ser identificados por su caligrafía…”
El debate sobre la inclusión o exclusión social de este sistema se zanjó con una ley:
“La ley proclamaba que el sistema de reclutamiento (derivado del sistema educativo y de examinación para calificar méritos), estaba abierto a prácticamente a todos los hombres del reino, y se consideraba que el hecho de que a través de los méritos individuales se pudiera alcanzar el éxito, era un incentivo para toda la sociedad…” algo diametralmente opuesto al colectivismo implícito en la Nueva Escuela Mexicana o el ideario gregario de Morena.
“Utilizar métodos pedagógicos y didácticos que permitan al personal docente atender, con enfoque de derechos humanos y perspectiva de género (reza la NEM), las necesidades de aprendizaje de los educandos, con la participación de pueblos indígenas en la construcción de modelos educativos pluriculturales. Desarrollar métodos pedagógicos innovadores, pertinentes e inclusivos, que consideren el aprendizaje colaborativo, participativo y lúdico, así como el autoaprendizaje, el diálogo y el trabajo en equipo”.
La naturaleza del aprendizaje colaborativo o el autoaprendizaje en los métodos pertinentes e inclusivos” es algo similar a la redondez del cuadrángulo y se parece a la definición bretoniana del surrealismo: un cuchillo sin hoja y sin mango que no tiene filo.
Hoy la UNAM atraviesa por una circunstancia compleja y autoinfligida cuya dimensión será aprovechada por sus adversarios internos y externos. No se deben olvidar las censuras y críticas a la universidad de parte del Papa Andrés I, Sumo Pontífice de la Iglesia Morena. Derechización, “hamburguesamiento”, etc.
Incluso el rector fue señalado de tibieza porque como director de la Facultad de Economía nunca condenó (según el Papa), la práctica económica del neoliberalismo.
Cuando se dieron los nuevos nombramientos en el Consejo Universitario de la UNAM (del cual forma parte ahora la hija de Rosaura Ruíz, integrante de su gabinete), Proceso publicó esta declaración presidencial:
“No sabía, apenas, es noticia para mí. Eso lo decide el Consejo Universitario de la UNAM. La Universidad Nacional Autónoma de México tiene un esquema de gobierno que durante muchos años dijimos que debería democratizarse, pero es un asunto autónomo de la UNAM”, declaró”.
La “democratización” de la UNAM es una materia pendiente de los gobiernos absorbentes de Morena. Simplemente eso significa engullirla por completo y esta circunstancia tan desfavorable para el prestigio de su actual rectoría, puede ser un paso fundamental en ese propósito.
En enero de este año}, durante una “mañanera” la señora presidenta (con A), recordó su activismo estudiantil en la UNAM…
“Lo más importante es que la universidad siguió siendo gratuita (el movimiento surgió en oposición a un sistema progresivo de cuotas), y se mantuvo el pase automático… La educación es un derecho, no es una mercancía ni es un privilegio…”
MUSACCHIO
Humberto Mussacchio, conocedor profundo de la vida y la evolución universitaria, opina en torno de la columna del lunes. Esto dice:
“Coincido con lo que dices: el examen de admisión fue un completo desastre como consecuencia de la petulancia de los “expertos” que insisten en “digitalizar” hasta la manera de usar el inodoro (son expertos en cagarla).
“Sobre tu idea del pase automático me permito discrepar. En 1966 hubo una huelga de las escuelas de la UNAM. Una de las demandas principales fue precisamente el pase automático a la licenciatura de los egresados de la prepa, que entonces era el único bachillerato unamita.
“Nuestro argumento fue que quienes aspiraban a ingresar a la UNAM, provenientes de otras instituciones, era lógico que mostraran aptitud para cursar la licenciatura, pero que resultaba absurdo someter a un nuevo examen a quienes ya éramos parte de la Universidad Nacional, que teníamos calificaciones aprobatorias otorgadas por la propia UNAM y habíamos cumplido con sus normas, lo que para efectos prácticos desconocía los estudios que ofrecía nuestra casa de estudios.
“El rector Barros Sierra lo entendió, pero como profesor que era, sabía que no pocos ineptos suelen aprobar sus materias, por eso en lugar de pase automático propuso e impuso el pase reglamentado, mismo que daba margen para rechazar a quienes no tenían capacidad para cursar la licenciatura, cosa por demás complicada y discutible”.
Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y responsabilidad absoluta de los autores