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En la sede del Instituto Cervantes, en Madrid, se presentó el libro Lo uno y lo diverso, la riqueza del idioma español, en el que participaron escritores hispanohablantes para abordar libremente algún aspecto lingüístico de su entorno y mostrar la diversidad en la unidad del idioma español. Se trata de una coedición entre el Instituto Cervantes y Espasa, para destacar la riqueza del idioma español, que es la lengua madre de más de 500 millones de personas e idioma oficial en 21 países. El libro recrea, desde el humor, la poesía y la música, la variedad de significados que expresan un mismo concepto desde diversas toponimias.

El idioma español nos ofrece una identidad compartida y una diversidad cultural plena de pluralidad y riqueza para disfrutar con alegría de las palabras que integran nuestra lengua.

Nuestra lengua acepta diversas semánticas. El turista se sorprende cuando viaja y se jacta de las diferentes formas de utilizar la lengua; el filólogo se detiene en establecer las diferencias; el escritor recoge los significados del habla popular y el psicoanalista se divierte con las diversas maneras de referirse a la melancolía.

Juan Villoro participó con el ensayo «La casa de usted», en el que afirma que, pese a las diferencias del vocabulario de los distintos países, el gran enigma es que «estamos condenados a entendernos». Sergio Ramírez, otro de los escritores que interviene en el libro, expone que la nostalgia por lo perdido en Nicaragua se nombra cabanga, kaobanga, del idioma africano shanga, o tal vez de cauwanka. El vocablo proviene de una de las lenguas perdidas de los indígenas de Costa Rica, país al que el Diccionario de la lengua española atribuye la procedencia del término, y lo define como melancolía, tenue tristeza, añoranza, nostalgia. Sentimos cabanga ante el abandono de la pareja, las ausencias, los exilios, todo malestar que interrumpa nuestra posible felicidad y nos suma en el desasosiego.

Según Ramírez, cabanga en turco es hüzün; en portugués es saudade; en gallego, morriña. Todas ellas designan el sentimiento de dolor psíquico ante lo que ya no está, lo que fuimos y ya no somos. En Nicaragua, dice Ramírez, existen las expresiones «morirse de cabanga», «estar acabangado»; es una forma extrema de estar prendado, prendido en la calentura del amor.

El filósofo Søren Kierkegaard al referirse a la melancolía como pecado de la tristeza también utilizó el término acedia. El melancólico permanece atrapado en el pasado. La melancolía es un padecimiento polifacético y lleno de contradicciones. Los médicos de la antigüedad la relacionaron con el derrame de la bilis negra que ensombrece los rostros y que según los antiguos cánones explicaban las alteraciones de los humores y flujos del organismo. Antaño, la melancolía se designaba como la pasión negra.

En Panamá, la cabanga tiene un significado muy distinto. Se utiliza para nombrar un dulce hecho de coco, papaya verde y miel. En la ciudad de Brasil, hay un barrio que se llama Cabanga.

La cabanga alude a una enfermedad que describe lo imposible de salir del duelo, es una herida incurable que deja un hueco abierto en la subjetividad cuyas trazas invitan al cuestionamiento.

Imagínese que su psicoanalista le pregunta en cualquier otro país fuera de Nicaragua que desde cuándo se siente usted acabangado. O se queda sorprendido, o se muere de la risa o sale corriendo. En el mejor de los casos, intenta descifrar esta palabra y con ello da inicio a su circulación. Lo cual confirma el axioma de que la mejor interpretación es la que no se entiende, porque invita a hablar; y justo de eso se trata en el psicoanálisis.

  • Doctora en filosofía política, maestra en periodismo y psicoanalista
    https://twitter.com/z_smeke?lang=es