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elcristalazo.com

Sentada junto a Melania en el palco en el estadio de Los Gigantes, en un ámbito absolutamente distinto del ambiente austero de la izquierda –al menos de dicho–, la presidenta de México (con A), anfitriona menor en el mundial de Futbol de la FIFA y Donald Trump, se percibe forzada en las superficiales charlas y las incidencias del juego sin ocultar del todo su incomodidad por un escenario ajeno. Toda la seriedad.

Saludos fugaces, ya fueran con el Rey Felipe VI a quien ya había visto en México o con el señor Carney, primer ministro del Canadá quien recorre con ella los metros de la cancha al término del partido de campeonato, hasta la escenografía de la premiación mientras Infantino y Trump caminan por delante y ellos los siguen pasos atrás.

Ni cómo emocionarse, ni a quién aplaudir con exceso delirante. La Argentina de este torneo está influida por el grotesco Milei y sus agravios contra Mexico. Y el rey no pide perdón por el martirio de Cuauhtémoc.

Siempre hace falta algo en la casa ajena. En ambientes extraños se debe actuar como si todo estuviera bien y la familiaridad se impregnara con la invitación.

La sonrisa –cordial y educada—no brota espontáneamente, más bien parece incrustada con tornillos como se advirtió en la sorprendente irrupción en la cancha del enorme estadio (cabrían sin sobresalir las torres de Ciudad Satélite colocadas en el centro de la cancha) bañada con el sudor y la dicha de los españoles y las lágrimas y desdicha de los argentinos, por cuyo graderío se escucharon abucheos contra el presidente de los Estados Unidos a quien nada le importa, pues con su protagonismo de siempre se coloca a fortiori para salir en la foto con los hispanos campeones del mundo a quienes les ha entregado la pieza dorada por costumbre llamada copa, aunque no sea sino un mazacote escultórico mal proporcionado y de equívoca torsión en cuyo fuste se adivinan figuras humanas en pos de una pelota planetaria, obra de un caballero de poco talento llamado Silvio Gazzaniga. Mide 36.5 centímetros (el trofeo, no Gazzaniga), pesa 6.17 kilogramos y está elaborado con oro de 18 quilates sobre una base de malaquita. Tiene un gusto similar al de las Galerías “El triunfo”. Muy “art nacó”. El oro y el oropel.

Pero en la premiación también la señora presidenta –impecable en un traje sastre cuyo color los matadores de toros llaman verde hoja, adornado con una flor escarlata en la parte izquierda del pecho–, cubre parte del protocolo.

Rodrigo, gran jugador de la hispania y verdugo de los australes, recibe de sus manos el “Balón de Oro”. Y tras hacerlo, el súbdito va y se abraza con su Rey, enhiesto a un par de metros de la presidenta (con A).

El pensamiento de la izquierda no encaja con estos protocolos de gusto dorado y alarde millonario. Nomás no.

La sencillez del pueblo no se encuentra ni en los salones palaciegos ni mucho menos en las figurosas esquinas de palcos reservados, vidrieras con blindaje y costosos automóviles de guardaespaldas malencarados. Tampoco en las charolas del ambigú para pasar el rato con champaña, meseros, edecanes de pestañas volátiles y piernas larguísimas como acostumbra Mr. Trump, mientras su esposa traga sapos y estrena bolsos de treinta mil dólares.

No. Alguien llamaría a ese mundo, machuchón y fifí, aunque por obligación del cargo –sin aspirar a él ni a formar parte de él, ni a sentirse cómoda en él–, a veces sea necesario departir en dichos protocolos.

Pero en fin. La copa se acabó. La del mundo, no la de champaña y para el registro quedan los desfiguros mexicanos en una organización periférica o cuando mucho marginal. Ya lo sabemos. De los 104 partidos aquí hubo apenas trece en tres ciudades.

La clase política ( sobre todo la de menos clase) hizo todo tipo de maromas (chilenas, tijeras, etc) para apropiarse del torneo y presumirlo como algo suyo y de alto provecho nacional. Medio se pudo.

Fingieron cifras del turismo y no pasó de esa manera. Los turistas no vinieron en las cantidades imaginadas por la señora secretaria Josefina Rodríguez. Cuando más hubo 800 mil en toda la temporada, cifra igual a la de siempre, con pelota o sin balón. Como si se tratara de alterar la pizarra con el peso del burel en una plaza de toros.

Las obras de la CDMX resultaron –como todo donde mete la mano (y a veces alguna otra de sus cuatro extremidades), doña Brugada–, insuficientes, de mala calidad, tardías y mal hechas. Feas como un axolote.

El mundial social fue un membrete populista y el desempeño de la H. Selección Nacional, más de lo mismo. Volvimos a 1986. Todo lo demás, una multitud impresionada y sugestionada por legiones de merolicos aplaudidores en transmisiones de televisión patrocinadas por su sociedad con la FIFA y los “sponsors”, incapaces de reconocer la medianía de la tabla como nuestro insalvable destino.

Lo más notable de este mundial de codicia y esquilmo, colusión política, abusos en los precios y ampliación de los participantes con todo y pausas para hidratar las finanzas con más comerciales, fue la “africanización” de las plantillas.

La negritud (nos diría Leopold Sedar Senghor) en el esplendor de los goles de Mbappé o el estoicismo de Vozinha.

Se puede mencionar a muchos más, pero sería injusto no hacerlo con todos, con los congoleños, los caboverdianos; los sudafricanos, los descendientes del Senegal o los keniatas. Hago una excepción para citar a Quiñones, el mexicano caribeño. Gran pieza.

He mencionado a Senghor, el sabio africano quien elevó “la negritud” a la altura del arte. Y no sólo en la poesía:

Pero ahora cuando ya en el último estadio los empleados de limpieza levantan los residuos finales de la fiesta, la basura, los vasos de cartón sin cerveza, los papeles barridos por el viento, quedan estas líneas de Senghor en honor de los africanos.

Ahora –como dijo hace muchos años Manuel Seyde– cuando ya no queda nada más, sino enrrollar la hamaca y decir adios.

“He aquí el tiempo de los signos y de las cuentas, Nueva York.

“He aquí el tiempo del maná y del hisopo. “No resta sino escuchar los trombones de Dios, el latir de tu corazón al ritmo de la sangre, tu sangre. “He visto Harlem zumbante de ruidos de colores solemnes y olores resplandecientes. —Es la hora del té en la casa del repartidor de productos farmacéuticos. “He visto los preparativos de la fiesta de la Noche cuando declina el día.

“Yo proclamo la Noche más verídica que el día.

“Es la hora pura en las calles, Dios hace germinar la vida anterior a la memoria”.

O como dijo Ferrán Torres tras hacer campeón a España con un gol de rayo y bandera: Dios le da más a quien más se lo merece.