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Adriana Noriega R.-    

El canónigo teólogo Juan López Amozorrutia , presidió la homilia dominical donde destacó el clima de violencia que se ha desatado en los últimos días con el asesinato de militares y sacerdotes.

«Ante mí no hay más que asaltos y violencias, y surgen rebeliones y desórdenes. Llora el profeta y eleva una súplica al Señor, que algo tiene de reclamo. ¿Hasta cuándo pediré auxilio sin que me escuches? ¿Hasta cuándo denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme? ¡Señor! ¿Hasta cuándo?».

 

Recordó que en la historia de nuestro país los diferentes escenarios de violencia .

 

«El gemido de la tierra no cesa, y ha hallado un eco a lo largo de la historia. A lo largo de nuestra historia. La memoria se resiste a sepultar sus dolores. Y hace bien. Hace bien cuando pronuncia el nombre de las víctimas, como una letanía de difícil secuencia. Hace bien cuando analiza los acontecimientos, procurando encontrar las razones y sinrazones»

 

El teólogo se refirió a la impunidad que se vive la cual debe terminar.» Hace bien cuando juzga los hechos, y a pesar de sus ambigüedades y confusiones, aspira a identificar el mal. Hace bien cuando se solidariza con el dolor, y busca cauces para que no se repitan las atrocidades ni se conforme con exculpar a los responsables. Pero no hace bien cuando pierde la esperanza y se resigna a repetir los modelos que han permitido que el odio profundo de un pueblo herido busque venganza a toda costa, sacrificando incluso la verdad».

 

Por lo anterior, Se refirió a no indiferentes ante lo que acontece en el diario vivir ,» no  hace bien cuando se estaciona en el pasado, incapaz de mirar el futuro con creatividad. No hace bien cuando asume la cínica ironía que se rinde ante la prepotencia y el descaro, retratándolo como historia de los vencedores».

 

Y llamó a no  perder la esperanza  en el porvenir.

 

«La fe nos abre los ojos a un horizonte más extenso, lleno de promesas y de exigencias. “Escribe la visión que te he manifestado”, dijo Dios al profeta, y le indicó que pudiera leerse con claridad y de corrido».

 

 “Es todavía una visión de algo lejano”, le advirtió, pero no por ello irreal. “Si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta”. Y la sentencia entonces se impone, con puntual energía. “El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”. Dios tiene una palabra tajante, que nos consuela ante la triste constatación de la injusticia humana, y nos anima a perseverar en el bien, por encima de los desencantos.

 

Indicó que la descomposición social está a la vista sin embargo ,  «La podredumbre del mal deglute a sus sicarios. La nobleza del hombre honrado protege su dignidad y corrobora el sentido de sus empeños. Nosotros conocemos esa palabra decisiva en el juicio divino, sobre la que se determina el destino eterno de los seres humanos. La certeza del cielo nos compromete y alivia. Pero eso de ninguna manera nos aliena del realismo histórico».

 

 Al contrario. Sabiendo que, aunque en el tiempo de los hombres se llegara a olvidar, en la sabiduría de Dios nada se pierde, confiamos en su justicia con la misma intensidad que suplicamos su misericordia, y, conscientes de que de tantas maneras nos hemos hecho cómplices de la degradación, nos esforzamos por ser aliados de la luz, sostuvo.

 

Ya en el presente, un solo acto de bondad impregna la tierra de alegría.

 

«Incluye ya, misteriosamente, un valor intrínseco que no se pierde, que no se borra. Vale la pena hacer el bien. Los rasgos precisos de su perfil pueden difuminarse, porque nos parecen lejanos, pero son reales. Nos establecemos en la justicia, porque ella es nuestro hogar y nuestro amparo.

 

Además llamó a no perder la fe en Dios.

 

Pero auméntanos, Señor, la fe. Esa fe que nos vuelve operativos en la justicia, esa fe que actúa por la caridad, esa fe que hermana con los luchadores de buena voluntad. Porque muchas veces el corazón, extenuado, quiere rendirse, ante la saña hostil del sinvergüenza y ante la indiferencia cruel de los adormecidos. Auméntanos, Señor, la fe.

 

Consideró que la fe es una gran herramienta para salir de los problemas sociales que aquejan a la nación .

 

«La fe en las posibilidades del espíritu humano, en el que has dejado la imagen hermosa de tu propia vida amorosa. La fe en lo que pueden edificar brazos generosos, que trabajan juntos en tu obra de paz. La fe en la fuerza interna de tus hijos, que puede levantarlos más allá de los tropiezos propios y de las zancadillas que otros les ponen. La fe en la limpieza de los niños, que se lanzan al futuro con una convicción que nos parece descabellada, pero que contienen, en realidad, el fuego vivo de tu incansable promesa.» Auméntanos la fe que nos hace saber que es posible cambiar el rumbo, y que tú no te has cansado de invitarnos a la novedad inagotable del Evangelio. Sostuvo

 

. También nosotros, en los ámbitos específicos de nuestra función social y eclesial, nos sentimos convocados a renunciar al temor. Fortaleza, amor, moderación. Ahí se sintetizan las virtudes del siervo Cristiano .

Subrayó que los desafíos sociales se deben enfrentar sin miedos .

 

«Si delante de los desafíos la fe nos parece demasiado pequeña, no tengamos miedo. Si las inercias del mundo parecen asfixiar su semilla, no tengamos miedo. Si las voces violentas sacuden el aire con su insistente ritmo, no tengamos miedo. Las posibilidades de la fe son infinitas. En realidad, Dios se nos ha adelantado, como siempre, con su palabra eficaz y comprometedora. No seamos sordos a la voz de Dios, que una vez más nos tiende la mano salvífica y nos invita al banquete de su locura. Los milagros de la fe siguen ante nuestros ojos».

 

 

 En el camino de discípulos que nos corresponde recorrer, cumplamos nuestra obligación, demos los pasos que nos competen, avancemos con firmeza, sin pretensiones ni alardes. La recompensa está ya en la dicha de participar. La fe contiene su propia satisfacción y su propia sonrisa. Su premio es la alegría de percibir que se acerca el abrazo de Dios, que viene corriendo, que no fallará.