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Nunca, que yo recuerde, habíamos estado como ahora. Campañas han existido que consisten en tratar de convencer al electorado de votar por determinado candidato. Es el tiempo de ofrecimientos engañosos, que muchos llegan a creer y darlos por un hecho, pero que al llegar al poder no se cumplen.

Las elecciones pasadas para elegir presidente de nuestro país, no fue la excepción. Se tenía que sembrar el odio entre la población en contra de gobiernos anteriores, para lograr el objetivo: ganar la Presidencia de la República.

Había que enlodar todo lo que se pudiera, no sólo a las personas, sino a las instituciones. El objetivo principal era la destrucción de lo que tanto nos costó a los mexicanos, construir.

Nadie niega que hubo abusos en el pasado; que tuvimos gobernantes, funcionarios cuyas fortunas crecieron y se convirtieron en una ofensa para un pueblo sediento de justicia.

Si el voto de las pasadas elecciones favoreció a López Obrador, fue por el hartazgo de los ciudadanos hacia partidos, personas o un sistema que consideraron había fallado al país.

Esa animadversión existente, la supo explotar perfectamente el entonces candidato, logrando el triunfo.

Lo criticable es que las promesas que se hicieron en campaña quedaron en el olvido. Para empezar, se ha visto que más de un año el presidente no ha empezado a gobernar, él continúa en campaña. Es tal su obsesión por el poder; el rencor hacia un partido que lo rechazó como candidato y al cual renunció, que no deja de sacarle sus “trapitos al sol”.

Más de una vez me he preguntado qué hubiera sido si el PRI lo hubiera llevado como candidato a la gubernatura de Tabasco. Sin duda otro gallo o ganso, cantaría. Por esas casualidades en la vida política, quien pertenece a un partido político cree estar en el mejor. ¡Ah! Pero si le niegan un cargo o lo que él considere su derecho a contender, no solo cambia su mentalidad, sino que se “cobija” en otro grupo, aunque no se tenga afinidad en ideas.

Es decir, no hay congruencia, ni ideología, ni deseos reales de servir. La ambición por el poder es primero y está por encima de todo y de todos.

Quien traiciona sus principios es capaz de difamar, de enlodar a otros, tal y como lo han estado haciendo quienes ostentan el poder desde el gobierno. Le han apostado a la polarización. Basta ver las redes, para darnos cuenta de las actitudes groseras de algunos individuos que agreden a quienes no piensan no opinan como ellos desean. No hay control alguno, menos respeto a nadie.

Confiarle el mando a un mentiroso, traidor, vividor y además resentido es peligroso. Más peligroso es creer la sarta de mentiras que dice un día sí y otro también. Los primeros días pudo haberse tolerado, pero seguir escuchando las mismas ofensas, motes, etiquetas que se colocan a quienes no pertenecen al círculo privilegiado actual, resulta lamentable.

El país atraviesa por una situación grave en cuanto a salud se refiere. La pandemia del Covid-19 nos ha mostrado el lado doloroso y cruel de un problema sanitario que nos ha obligado a quedarnos en casa.

Aunque también nos ha mostrado la falta de sensibilidad de un gobierno que no ha sabido hacer frente a la pandemia. México en estos momento de tragedia por los que atraviesa y que a todos nos afecta, requiere de unidad, de respeto, de preocupación y solidaridad, no de polarización por parte de quienes piensan en las siguientes elecciones y no en la protección de empleo, del rescate de empresas pequeñas y medianas y de brindar todo el apoyo al personal en hospitales que se encuentran atendiendo pacientes de Covid-19