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NÚMERO UNO/ EXCELSIOR

El gobierno pidió perdón a Lydia Cacho. A López Obrador le gusta hablar del pasado

Las batallas que escoge el presidente López Obrador recuerdan a esas del Desierto de José Emilio Pacheco, que involucran corrupción social y política del México moderno y la desaparición del país tradicional. ¿Realmente necesitamos el perdón de España sobre la Conquista para la reconciliación con el pasado? El reclamo de un nuevo relato de la historia, pero sin, por otra parte, alzar la voz contra las agresiones del presente de Donald Trump contra los mexicanos, también es “clave” de la doble moral del libro.

Las Batallas en el desierto es un ejercicio de memoria sobre una ciudad que no existe. De verdad la revisión pasa en este momento, por las disculpas del Rey de España o del Papa por los abusos del saqueo colonial para vindicar nuestra historia, sin construir diferendos o conflictos vacuos. También habría que pedir a EU hacer lo propio por la anexión territorial en el siglo XIX como condición para volver a las amistades, atraer ánimos desunidos o bendecir un lugar sagrado por haber sido violado, lo que significa reconciliar.

Coincido con el Presidente en la incomodidad con el eufemismo del Encuentro de Dos Mundos para llamar a la Conquista, pero la filtración de la carta oficial ha dado lugar a la politización del debate más que a una reflexión sosegada y compartida. Tras confirmarse el mensaje con un video desde Chontalpa, las críticas y el desconcierto inundaron las redes sociales. Encendieron una polémica sin perspectiva histórica y sin las formas diplomáticas que la profundicen hacia la conmemoración del V Centenario de la caída de Tenochtitlán, si ese era el propósito del Presidente.

López Obrador ha tenido una marcada tendencia a revisar el pasado y tomar distancia de él. Apela constantemente a los símbolos para cambiar la interpretación o negarla casi como en un “borrón y cuenta nueva”. Su gobierno ha recurrido con frecuencia al “perdón” por violaciones a derechos humanos que no le correspondieron como a los estudiantes asesinados del Tec de Monterrey o a la periodista Lydia Cacho. Pero también recae con facilidad en el conflicto y la diatriba cuando las prácticas que critica se ceban en su administración. Su memoria es selectiva, deja agravios en el tintero y en el limbo casos de corrupción que indignan sin resolverse.

En la polémica sobre la Conquista, el revisionismo unilateral conduce más a la confrontación nacionalista que a la reconciliación de visiones. Por más que —como aplaudió Ricardo Monreal— sea el primer Presidente en “atreverse” a pedir disculpas a España, el arrojo diplomático opaca el fondo de un debate histórico que sólo podría avanzar con diálogo. Es cierto que otros mandatarios han pedido perdón por crímenes del pasado en Alemania o Francia, incluso el Papa a los pueblos originarios de Latinoamérica, en Bolivia en 2015, pero en todos los casos a iniciativa propia y muchas veces como procesos domésticos.

Si el objetivo era preparar un examen bilateral con España hacia 2021, para qué quemar la oportunidad en la coyuntura y en un momento próximo a concluir un acuerdo con la UE o se enfrentan dificultades para la ratificación del T-Mec en el Congreso de EU; por no citar la contención oficial ante las agresiones de Trump hacia México. El gobierno tiene que hacer un control de daños y evitar el encarecimiento del conflicto, independientemente del revisionismo histórico. Y en este caso un escándalo no sirve para ocultar el anterior como en la agenda doméstica.