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Como si de verdad a alguien le importara honrar o al menos reconocer esta profesión u oficio, como otros le llaman entre lo despectivo y lo envidioso, dos o tres veces al año hay quien manda felicitaciones por la red: es el día del periodista, como si tal consagración fuera necesaria.
Y lo celebran y lo divulgan y lo aplauden precisamente quienes menos méritos tienen para ostentar la categoría del trabajo cotidiano.
Porque, ¿sabe usted? El día del periodista es cada día muy temprano en la madrugada. La ocasión se celebra con el alba porque mientras la prensa expulsa los ejemplares impresos, la edición del día siguiente es apenas un enorme rollo de papel en blanco.
Muy pronto el taller de impresión queda vacío. Los chorros de tinta de la rotativa se calibran como quien afina un piano o toca el arpa. El amarillo: vuelta de tuerca; el magenta; vuelta de tuerca. La pastosa dueña de todo, la tinta negra con su espátula y su bote de lata.
Quizá a esas altas horas, cuando uno quisiera –dice Sabines—irse a bailar al cabaret de abajo–, resuene el eco metálico de una llave de tuercas fugitiva de las manos del maestro jefe de la tripulación (una rotativa es un barco de marineros en la singladura nocturna de la vida) cuyo agudo grito nos dice, vámonos señores.
A esa hora comienzan los olores industriales porque la rotativa se debe lavar, como se cuida a una parturienta. Los paquetes del diario, olorosos, a veces realmente novedosos, con el alarido de sus encabezados y el brillo de sus fotografías de la muerte, del accidente, de la familia asesinada, del cohetero volatilizado; del camión desbarrancado, de la guerra o el falso discurso político cuya mendacidad compite con el País de las Maravillas sin Alicia y sin conejo.
Ya van los diarios dormidos a los camiones del reparto y el acto de fe comienza nuevamente: siempre creemos que algo va a ocurrir para poder llenar la edición del siguiente día.
Jorge Luis Borges decía: los periódicos se alimentan de la curiosa superstición de que algo va a pasar y no se dan cuenta que además de lo que dicen los periódicos pasan cosas.
Por eso la falsa ocasión del día del periodista ni me importa ni me interesa. Son cosas de la burocracia. Y esa, me tiene sin cuidado. Los políticos, a fin de cuentas, son burócratas con pedigrí.
Nosotros, llenamos y registramos cada día. Muy temprano todos los días de la vida, al menos de nuestra vida profesional
le damos cada mañana su acta de nacimiento al mundo.
Somo notarios, somos gestores del interés público, somos catalizadores del poder y nunca de los nuncas somos un poder por nosotros mismos. Ya ni siquiera para pasarse una señal en rojo.
Una vez terminada una edición –y me refiero a la prensa, a la bisabuela prensa de tinta y rotativas— termina el mundo.
Ayer, tanto como los días tres de mayo cuando la Organización de las Naciones Unidas consagra un rato de sus afanes a recordar la libertad de expresión, fue uno de esos días.
Hace poco festejaban otra zarandaja de esas, era el 7 de junio, fecha por fortuna olvidada cuya consagración por la Asociación de Editores de los Estados y otros membretes (desde el tiempo de Miguel Alemán); incorporaba a los muertos y pedía el viático siempre de hinojos ante el todo poderoso en turno.
Eran otros personajes, eran otros usos; otras costumbres. Nadie ambiciona hoy el ferrocarril de José García Valseca. Hoy los magnates de la prensa también lo son de otras actividades más rentables cuya naturaleza ahora no me viene en gana analizar y se desplazan en aviones a reacción. No son periodistas, son dueños de conglomerados de comunicación (entre otras actividades más lucrativas), con los cuales amparan sus gestiones y concesiones.
Pero nosotros, somos otra cosa.
Aquellos que comenzamos en los enormes salones de lámparas de neón llamados redacciones, quienes aprendimos a concentramos en medio del bullicio y el humo del tabaco; quienes no teníamos ni un teléfono ni una secretaria y a veces ni un escritorio o un auto destartalado porque vivíamos en la gran barraca del oficio, somos otra cosa.
Y uno de ellos, mi amigo, mi compañero de “establo” (ambos surgimos de “La prensa”), Mauro Jiménez Lazcano, como si nada más fuera cosa suya; tuvo la imperdonable ocurrencia de morirse ayer, en plena conmemoración de un falso día del periodista.
Pero él no era falso. Fue un amigo comprometido con sus compañeros, a pesar de la lealtad principal de su trabajo: fue Subsecretario (al final) y director de Información durante todo el sexenio de Luis Echeverría.
Muchos “asegunes” Tuvimos quienes luego salimos de “Excelsior” en tiempos de Echeverría. Los ferrocarriles de dos vanidades en conflicto no tenían otra salida más que el choque de frente. Imposible meter dos pavos reales en la misma jaula. Pero eso nunca nos distanció.
Él sabía cuál era mi función, cuáles mis convicciones y yo tenía claro su compromiso institucional con Don Luis. Jamás un roce, jamás una reclamación. Los generales hacen la guerra y los soldados nos enlodamos en la trinchera.
Un día Julio Scherer me envió a Roma.
–Echeverría va a ver al Papa Paulo VI, Don Rafael. Vaya y haga una crónica chingona, Don Rafael, chingona, chingona…
Y allá voy. Perto también va Manuel Mejido cuyo peso profesional me superaba de lejos. Pero quiso la fortuna desviarle un disco lumbar a Manuel. No podía caminar y me convertí por solidaridad profesional “en el báculo de la vejez” en el Harry’s Bar, y su amanuense en la gira.
–Yo sé que Julio te mandó para frenarme, para que me ganaras la información. Pero te lo advierto: arrastrándome, en silla de ruedas o como sea, yo voy con el Papa.
–Pues mejor vamos los dos y no hagas tanto drama. Lo hacemos juntos.
Esa noche pontificia, después de trabajar todo el día, nos encerramos en una habitación y asesinamos varias botellas de Valpolicella. Mauro Jiménez nos acompañó.
La cosa se hizo larga y la madrugada derramaba gotas rojas.
En un mundo de dinero en efectivo, sin transferencias, sin tarjetas, en el extranjero, Mauro llevaba un maletín con el paquete de los gastos de transporte, hoteles y demás.
La valija se quedó escondida debajo de la cama de Mejido.
–“Te juro que no la vi”.
Quienes sí la vieron a la mañana siguiente, fueron los oficiales del Estado Mayor Presidencial quienes echaron abajo la puerta y recuperaron “el botín”.
–Qué vergüenza. Dormir sobre miles de dólares y no darse cuenta.
En fin.
Buen viaje, mi querido Mauro. Si ves al creador, me lo saludas por favor. Ahí como cosa tuya.
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