Bellas Artes, con su fachada nocturna y tricolor, junto con 700 mil personas despidieron a Juan Gabriel, luego de que “El Divo de Juárez” diera su último gran concierto; donde miles cantaron sus canciones. Hubo rezos, llanto, amor, baile, perdón, lluvia, sol, música y mucha, mucha alegría. Se fue como él soñó… con el pueblo cantando sus canciones.
Él sabía que el tiempo no perdona y efectivamente, a las 21:30 horas del 6 de septiembre, su hijo Iván recogió del vestíbulo del gigante de mármol la urna con las cenizas de Alberto Aguilera Valadez. Fueron dos días de duelo, música y pasión. El cortejo fúnebre partió entre luces de neón, aplausos, porras, admiración y encanto, fue el marco del que sin duda, será un adiós eterno.
La calle también fue el escenario perfecto; tricolor ante la proximidad de las fiestas patrias; mismos colores que con orgullo lucía Juan Gabriel en sus conciertos, en esos grandes escenarios, dentro y fuera del país: ya en su vestimenta, en su ballet, músicos y mariachi, que como el tequila hacía subir el tono de la alegría y daban los acordes perfectos para cantar sus canciones.
EL INICIO
Juan Gabriel falleció de un paro cardiaco fulminante la mañana del 28 de agosto en Santa Mónica, California, Estados Unidos, donde una noche antes, ofreció un concierto, donde estuvo inspirado y alegre como era su costumbre, su fama y de cómo le obsesionaba y disfrutaba hacer su trabajo. La noticia fue inmediata. Hubo dudas, incredulidad, pero, el tiempo y la inmediatez de las redes sociales confirmaron la mala noticia. “¡Juan Gabriel, ha muerto!”. Vinieron varios días de papeleo, traslado y cremación. Aún muerto, en cenizas en muchos lugares de México lo querían ver.
Fue así que desde los primeros minutos del 5 de septiembre cientos, luego miles de personas venidas de barrios, pueblos, colonias, de provincia y de otros países, comenzaron a llegar al Palacio de Bellas Artes para despedirse del ídolo, de Juanga quien supo plasmar en la letra de sus canciones, pequeñas y grandes historias para el amor y el desamor, sin faltar la inmaculada alegría de la música ranchera.
Transcurrían los minutos y crecía la multitud. Ahí estaban todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, gente en silla de rueda y, claro, no podían faltar los imitadores, los dobles, los clones, los auténticos herederos de Juan Gabriel. Gentes venidas de todos lados, de todas las edades; policías que gritaban: -“queremos a Juanga de comandante”.
Apenas caminaba el medio día y El Señor Sol, esa mañana no entró por la ventana. Venía dentro de una urna, en cenizas. Estaba nublado y lloviznaba. Había una rara mezcla de júbilo y tristeza, rezos y porras, silencio y canto. Bellas Artes se vistió de mezclilla; abrió sus puertas al pueblo.
Fue un día largo en plena época de huracanes, sin embargo miles de personas llegaron con la noche y se comenzaron a formar en una larga y zigzagueante fila entre los andadores de la Alameda Central, cuyo objetivo era despedir al Divo de Juárez, estar cerca de las cenizas de quien antes fue lumbre en el escenario, filósofo y poeta quien alivió con canciones cosas del pueblo, de la pasión; problemas de amistad y conflictos de amor eterno.
DE JUAREZ A JUAREZ
Como los inmortales, el de Parácuaro, Michoacán, murió en tiempo y forma. Requisito para ser ídolo. Juan Gabriel, como José Alfredo Jiménez no llegó primero, pero, supo cómo llegar… al corazón de millones de mexicanos y al blanco corazón de mármol de Carrara del Palacio de Bellas Artes.
Juan Gabriel, “El Divo de Juárez”, quien siempre se manifestó juarense por haber vivido su niñez, adolescencia y juventud en Ciudad Juárez, en donde permanecerán para siempre sus cenizas, llegó a la avenida Juárez, esa de discotecas y grandes tiendas, farmacias y restaurantes, donde está el Hemiciclo a Juárez, la Alameda Central y el Palacio de las Bellas Artes: su último escenario.
-“Porque si Juárez no hubiera muerto… Juan Gabriel, tampoco”. Dijo un viejo a su acompañante. Ambos soltaron la carcajada y siguieron caminando rumbo al Palacio de Bellas Artes, el cual de nueva cuenta se convirtió en un corazón blanco, de mármol, donde ya antes estuvieron Mario Moreno “Cantinflas” y el escritor colombiano Gabriel García Márquez, Lola Beltrán y otros artistas, escritores y poetas.
Pero ninguno de ellos como Juanga tuvo ese sortilegio que se amalgama perfectamente entre el artista y el pueblo. Como nunca nadie antes, en ningún homenaje se reunieron –en dos días-, casi un millón de personas para darle el adiós al Divo de Juárez.
DONDE ESTÉS,
HOY Y SIEMPRE…
Al filo de las 14:10 de la tarde a bordo de un avión de la Presidencia de México, llegaron las cenizas de Alberto Aguilera y de algunos familiares. En breve, salió el convoy de patrullas escoltando la carroza donde se transportaba la urna con las cenizas del artista. Del hangar presidencial al Palacio de Bellas Artes fue lento el paso del cortejo fúnebre, ante la presencia de miles de personas en calles y avenidas por donde pasaban las cenizas del ídolo.
El cielo de la ciudad de México estaba nublado y, después de un rítmico chipichipi y lluvia cadenciosa, casi musical, a las 16:15 horas se precipitó una gran lluvia de aplausos de miles de personas, anunciando el arribo del cortejo fúnebre a Bellas Artes. Comenzó la fiesta: el concierto.
La vendimia entró en todo su apogeo. Juaga dejó en su nombre una marca: tazas, vasos y “caballitos” –para el tequila-, banderines, revistas, películas, fotos, camisetas, pero, lo más valioso, sus canciones que en letra chiquita heredó a sus imitadores, a sus dobles quienes, ahora, tienen la gran tarea de revivir tarde a tarde, noche a noche, en cualquier escenario su obra musical. Les dejó trabajo para toda la vida.
CON EL CORAZON
Y CELULAR EN LA MANO
A las 16:47 horas, Iván Aguilera, hijo de Juan Gabriel depositó la urna con las cenizas de su padre en el vestíbulo de Bellas Artes. Lo recibieron Rafael Tovar y de Teresa, secretario de Cultura y María Cristina García, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes con quienes realizó la primera guardia de honor. El tenor Fernando de la Mora, interpretó “Amor Eterno” y Aída Cuevas –visiblemente dolida- interpretó: “Te lo pido por favor” y “Te sigo amando”. Los vivos recuerdos les rompieron la voz en algún momento a ambos cantantes.
Afuera, la larga fila de personas comenzó a caminar. Uno a uno, pasaban frente a la urna de las cenizas de Juanga. Todos con el celular y el corazón en la mano; el sentimiento a flor de piel. Afuera, en el escenario al aire libre, frente a Bellas Artes, paradójicamente, una lluvia de estrellas cantó las canciones de Juan Gabriel, aquellas, que al principio de su carrera, nadie quería oír ni cantar.
Así desfilaron el mariachi Gama 1000, Fernando de la Mora, Mauro Calderón, Jaz Devael –cantante a quien apadrinó Juanga-, Lucia Méndez, el Mariachi Mi Tierra –que siempre acompañó al cantautor-, Pablo Montero, Alejandra Ávalos y el grupo musical y coros de planta de Juan Gabriel. Al filo de las 22:00 horas concluyó el homenaje musical, pero, Bellas Artes mantuvo sus puertas abiertas toda la noche porque afuera había miles de personas esperando pasar frente a las cenizas de su ídolo.
SEGUNDO DIA
El martes 6 –el segundo día- el cielo amaneció parcialmente despejado. Ahora sí salió el Señor Sol. La cadena de gente, de “Amor Eterno” seguía creciendo. No hubo instante en que alguien del pueblo no estuviera frente a las cenizas del hijo pródigo de Ciudad Juárez. La gente caminaba y pasaba frente a la pequeña urna de madera cantando, rezando, implorando, tomando fotos, videos a las cenizas de ese hombre quien con sus canciones y su música, supo darle al pueblo un sedante mágico para calmarle los males del corazón, cucharaditas de amor para perdonar y atreverse a pedir perdón. Mixturas para cicatrizar heridas del alma. A sus imitadores les dio la recete de cómo vivir mejor y ser felices.
Afuera la fila de nuevo comenzaba a crecer cuando llegó lo inusitado: una joven mujer –a eso de las siete de la mañana- rompió la valla de seguridad y llegó hasta la urna, la jaló con ambos brazos, la besó y volvió a dejarla en su lugar, al momento en que era abrazada y retirada por un agente de seguridad. No hubo forcejeo ni represalias. La fans de Juanga se reintegró a la fila y salió de Bellas Artes con una gran historia.
La afluencia de visitante no cesaba, la fila caminaba. Al filo de las diez de la mañana, volvió la vida a las pantallas gigantes con una semblanza de la vida de Juan Gabriel. Se reinició el festival artístico. El mariachi Gama 1000 cantó lo que el propio Juan Gabriel, dijo que más que una canción, era un himno: “Amor Eterno” y vinieron otras y otras más.
DOS LEYENDAS
La fiesta era del pueblo, reunión de amigos. Dentro del palacio de Bellas Artes, en las escaleras del vestíbulo, volvieron las canciones de Juan Gabriel en voces del Mariachi Gama 1000, de Mi Mariachi –el cual acompañaba en todas sus presentaciones al Divo de Juárez-. Afuera, en el escenario al aire libre se presentó la Orquesta Sinfónica del Estado de México, la soprano Olivia Gorra y el Coro de Bellas Artes.
Al filo de las 14:30 horas se juntaron dos grandes leyendas musicales: La Sonora Santanera cantando las canciones de Juanga, pero, dándoles ese exquisito sabor de barrio, aroma de cabaret y perfume de gardenias en ritmo tropical para bailar, para sentir el gozo y la magia de la música del ídolo de México. “Dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando tú vas a volver”, se escuchaba el coro de la gente que cantaba “Querida” con la Santanera.
La fila de quienes deseaban ver las cenizas de Juan Gabriel, seguía creciendo. Era eterna, interminable. Daba para otro día u otra eternidad. Sin embargo, a las 21:30 horas el hijo menor de Juan Gabriel, Iván y su esposa, acompañados por Rafael Tovar y de Teresa, secretario de Cultura y María Cristina García, directora del INBA, realizaron la última guardia de honor. Iván alzó la urna con las cenizas de su padre y sobre el pedestal dejaron un ramillete de flores.
La carroza se perdió entre las calles del centro histórico de la ciudad de México, entre las luces de neón…
“Sol, no entiendes lo que pasa aquí
esto es la noche
y de la noche son las cosas del amor
el corazón a media luz
siempre se entregará…”
(Canción Kumbala, coautoría de Juan Gabriel con integrantes de la Maldita Vecindad y los hijos del quinto patio).