elcristalazo.com.mx
En el mejor de los casos, y lo dudo, la estadística serviría para prevenir algunos comportamientos posibles de la realidad, pero jamás para sustituirla.
Puede ser una herramienta analítica en algunos casos, pero nadie ha logrado jamás reventar un casino –por ejemplo—con la elaboración de tablas y la exposición de hechos en pantallas de powerpoint.
Tampoco sirve para predecir terremotos, ni detecta el futuro cáncer.
Ayuda con posteriores cálculos actuariales a imaginar la victoria en las patas de un potro en el hipódromo, pero tampoco afirma con seguridad el ganador de la próxima serie mundial de béisbol, ni la cantidad de carreras en las competencias del Caribe. La estadística sirve para suponer y a veces para imaginar; no para afirmar y en contra de sus vendedores, quienes viven de aplicar cuestionarios y ofrecer espejos de popularidad y persuasión, la metodología se exhibe falible, tanto como sus admitidos márgenes de error.
La relativización de los hechos comparados, las alzas y mermas de los sucesos, las mediciones siempre favorables para quien mide (y cobra por medir) y demás, pueden servir para inducir el comportamiento de un mercado, pero no para gobernar ni para evaluar con objetividad. Cumplen con una función de herramienta propagandística. Y terminan llevando las cosas al fracaso, al menos en el discurso.
Cuando hace unas semanas el gobierno mexicano ya no pudo esquivar su participación en la conferencia internacional contra las drogas y el terrorismo convocada en Buenos Aires por la DEA, la explicación fue apenas un paliativo para la asistencia obligada: vamos a ir para mostrarle al mundo los avances nacionales en cuando a la reducción de los homicidios.
Hoy ya no mueren cien personas por día (dicho grosso modo), nada más mueren cincuenta. ¿Y quién escoge?
Los cincuenta difuntos, no aplauden; el otro medio centenar, sobreviviente en el difuso reino de la comparación tampoco, porque no saben quiénes son. Esto parece un chiste como cuando se dice, el índice de mortandad es el 3.5 por ciento. Eso quiere decir, mueren tres personas y media persona más.
Pero hay ocasiones en las cuales la realidad le pasa por encima al rollo, y lo aplana como boleta planchada en el INE.
Más allá de la estadística global, la misma disciplina contable ofrece otras versiones, otros ángulos de análisis: en Morelos, donde fue asesinada hace unos días la joven española Claudia Tacaronte (y se llamaba Claudia, para más), han sido muertas 757 mujeres (ahora 758) en los últimos años.
Hay muchas personas en el mundo y en el país a quienes las cifras en alegre pavana, no les dicen nada, absolutamente nada, como a Lara; la hermana de Claudia la difunta quien ha dicho con una sorprendente claridad:
“…Cuando mi hermana llegó, que antes de esto no le habían avisado y no sabía nada, resulta que en la universidad en la que iba a estudiar allí, hacía nada habían asesinado a otras chicas, y ya desde entonces mis padres estaban obviamente preocupados por ella, porque le pudiese pasar algo malo. A ellos no les hacía gracia que estuviese ahí, pero aun así ella quería vivir la vida, quería conocer sitios nuevos… ella no hizo nada, simplemente salió corriendo, buscó ayuda y el tío fue a rematarla…
“…¿Qué pasa en México? O sea, la gente que vivís ahí, porque esto no es que digas tú esto ha pasado esta vez, es algo raro’, no, es que ahí está pasando cada día y la gente lo tiene super normalizado y nadie hace nada.
“La gente que está viviendo allí, que estuvierais en ese sitio, ¿por qué nadie hace nada? Es que es que de verdad tenemos que normalizar que esto sea algo común, que haga la gente así, que tú vayas por la calle y de repente te puedan clavar un cuchillo”.
Obviamente se le puede decir cómo ha disminuido en 50 por ciento la cifra de casos similares, lo cual confirma la normalización: lo normal es la muerte, lo exitosamente anormal es reducirla a la mitad.
A final de cuentas resulta muy grave vivir en la estadística, la encuesta de popularidad y la tiranía demoscópica. Una fábrica de tónico para el pelo administrada por calvos.
“Entre el 2022 y el 2024 se documentaron 30 casos de mujeres reportadas como desaparecidas y localizadas sin vida dice Centro de Derechos Humanos Digna Ochoa.
“El CDHDO dio a conocer que el año 2024 cerró con 143 feminicidios documentados en el estado de Morelos. La misma organización informó que entre el 2022 y el 2024 registraron 30 casos de mujeres reportadas como desaparecidas y localizadas sin vida”.
Pero desde antes del asesinato de Claudia, cuyo posible matador ya fue ubicado y al parecer detenido, otra contabilidad estremecía:
“En los últimos 10 años, en Morelos se han registrado 757 homicidios dolosos de mujeres, de acuerdo con cifras de la organización “Morelos Rinde Cuentas”.
“Los años analizados van de 2015 a 2025. De las 757 mujeres privadas de la vida, según esta organización civil, 584 fueron asesinadas con arma de fuego; las restantes fueron ultimadas con otros elementos u objetos no identificados.” (La jornada de Morelos).
En el lamento y responso de la señorita Lara Tacaronte hay una pregunta cuyo desconsuelo borra todo el optimismo relativizado: ¿por qué nadie hace nada? Es una frase gemela de aquella famosa de Alejandro Martí cuando ante el secuestro y asesinato de su hijo recomendaba, si no pueden renuncien. Ahora, desde España, una familia más ahora se pregunta ¿por qué?
Y en la imposible respuesta policial se cruzan los pantanos de la impunidad y la complicidad, porque el apuñalamiento de Claudia pudo ser un caso de robo callejero llevado al extremo, pero más de 750 asesinatos femeninos (sin contar los masculinos, también de sangre roja), no pueden ser atribuidos a conducta irregulares de delincuentes comunes, ladrones o retinteros agresivos.
Es un sistema criminal, y eso nada más existe si tiene asideros en los peldaños del poder, de lo municipal a lo estatal. Sicarios descarriados, camellos de la droga; piezas menores en el engranaje del crimen organizado y protegido.
Esa es una verdad mexicana. Y contra ella se debe luchar.
PALENQUE
Llueve sobre Palenque. Y no agua precisamente.
El recaudador de toda la vida, Octavio Romero, asediado por las evidencias y las sospechas se escuda en la contabilidad de los viejos pesos para burlar el origen de su fortuna.
Raúl Morón, despreciado una vez más en Michoacán, y el otro incondicional, Rafael Marín Mollinedo, se va a la banca a pesar de su colaboración con el movimiento desde el sistema aduanal; al entenado Amilcar le suenan pasos en el tejado y a su secretario de Marina no lo encuentran por ninguna parte y la renovación generacional no contempla a los hijos; antes los expone…
Pero ellos recuerdan a Díaz Mirón: cantan, aunque la rama cruja.
Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y responsabilidad absoluta de los autores